Islamofobia…¿y qué?

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Islamofobia...¿y qué?

19 julio 2015
(c) Isa

(c) Isa

(Publicado en Periódico Diagonal: https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/26255-islamofobia-y.html)

Desde que la palabra ‘islamofobia’ se ha puesto sobre la mesa, la incorrección política ha salido a defender su espacio en el debate, arrasando entre lo peorcito de cada casa. Desde las esferas más fascistas del entorno neoliberal, hasta las más neoliberales del entorno libertario, parece gracioso soltar ya no sólo el clásico “no soy islamófobo, pero…”, sino incluso el “soy islamófobo, ¿y qué?”.

La islamofobia es una categoría de análisis y un eje de opresión. No es una cuestión de sensibilidades, gustos o afinidades. Si nos urge revisar y rechazar los argumentos islamófobos que pudren nuestros discursos no es por mojigatería dialéctica ni por cobardía intelectual: es porque son argumentos inferiorizantes, opresivos y peligrosos.

Categoría de análisis

Islamofobia es, en breve, el odio hacia el islam y hacia las personas musulmanas o leídas como musulmanas, basado en un prejuicio sobre una dimensión única de lo que es islam y lo que es ser musulmán/a. La islamofobia y sus indicadores llevan décadas fijados y reconocidos internacionalmente a partir del informe Runnymede (1997).

El primer indicador es, precisamente, “ver o entender a las personas musulmanas como un ente monolítico y estático”. Bajo la etiqueta fantasma “personas musulmanas” aglutinamos a creyentes y/o practicantes, a formas culturales derivadas del islam y a personas leídas como musulmanas por cuestiones de racialización o extranjerización que pueden autodefinirse, o no, como musulmanas. Incluye un eje confesional, pero un eje cultural también y una mirada de clase.

Cuando hablamos de “mujeres musulmanas” no sólo las imaginamos veladas y sumisas, sino también heterosexuales, casadas, cisgénero. Siempre que escribo sobre el tema recibo comentarios airados que niegan la posibilidad de ser musulmana y lesbiana. La buena noticias es que la gente no necesita permiso para existir. Las musulmanas lesbianas existen. Las musulmanas trans existen. Algunas incluso llevan velo. Le pese a quien le pese.
Entender a las personas a partir de su dimensión única es esencialista y esencializador. Las personas estamos cruzadas por todos los ejes de la diferencia, y el islam es sólo uno de los posibles.

Islamofobia es, en breve, el odio hacia el islam y hacia las personas musulmanas o leídas como musulmanas

David Gaider acuñó la frase “privilegio es cuando crees que algo no es un problema porque no es un problema para ti, personalmente”. Cuando las personas musulmanas, reales o leídas como tales, denuncian actitudes islamófobas y las demás no les damos importancia, o nos sentimos ofendidas por la crítica, estamos ante un privilegio mal gestionado. Y estamos también ante un indicador de islamofobia: rechazar cualquier crítica vertida por personas musulmanas o entornos musulmanes.

La islamofobia está a menudo cruzada de racismo y xenofobia, pero no únicamente. El islam es un nuevo marco de invisibilidad: muchas personas no “salen del armario” como musulmanas en su entorno laboral o personal. Las mujeres que visten velo tienen poquísimas posibilidades laborales, incluso en puestos de hostelería, donde cubrirse el cabello debería ser una buena práctica. Si reivindicamos el derecho al propio cuerpo, tiene que ser para todas. Si nos preocupa que ese velo sea impuesto por un hombre violento, tenemos que luchar por una ley integral contra la violencia machista. En Cata­lunya, en 2014, el 60% de las peticiones de orden de alejamiento fueron denegadas. El machismo es transversal. Pensar que una situación de violencia se puede identificar a través de una prenda de ropa es estúpido. Sin más.

La islamofobia como excusa

Si la violencia es transversal, las estrategias para boicotearla también tienen que serlo. El más cutre de los argumentos islamófobos es aquel que se presenta bajo el titular “en sus países…”. Carlos ‘el Yoyas’, participante de Gran Hermano, lo resume así de claro: “Si voy a Marruecos, mi mujer no podría ir con minifalda ni aunque a mí me saliese de las pelotas”. Sus formas son grotescas, pero la idea de fondo resuena en infinidad de espacios, en una imagen con dos vertientes.

Por un lado, extranjeriza a las personas musulmanas, lo cual, sí, también es un indicador de islamofobia según Runnymede. “Sus países” son la fantasía exótica de una Europa que se quiere blanca y cristiana. Los y las musulmanas europeas son europeas. Los matices, los peros, son la marca de un racismo que va cambiando sus formas, pero no sus fondos.

Aquí tampoco hay posición neutra: o deconstruimos, o estamos alimentando la corriente principal de este desastre 

Por otro lado, justificar la violencia contra las personas musulmanas en Europa como forma de “reciprocidad” por las violencias y las injusticias que ejercen algunos gobiernos o grupos contra esas mismas poblaciones demuestra que el fondo de la cuestión no es el interés por las personas, sino por algunas personas.

La población musulmana es la principal víctima de la barbarie violenta de Al-Qaeda o Daesh –“el Estado Islamoide”, como me enseñó a llamarlo Hajar Samadi, responsable de la Asociación de Mujeres Musulmanas Bidaya-Euskadi–. Los y las que están luchando en la primera línea de fuego en Siria e Iraq son esas personas que nombramos musulmanas. Acti­vistas kurdas como Dilar Dirik denuncian la apropiación islamófoba de las luchas de las mujeres de Kobane. Esas mismas heroínas kurdas, si viviesen en Europa, se­rían sospechosas de sumisión, violencia y sectarismo por la sola resonancias de su nombre.

No podemos seguir con los argumentos simplistas de patio de colegio: que si “al final no podremos hablar de nada”, que si “ahora resulta que todo es islamofobia”… Estas frases son la excusa de una pereza intelectual que pretende seguir apoltronada en el privilegio. Y que se lo puede permitir, porque desde las cumbres todo parece anodino.

Aquí abajo, la extrema derecha avanza usando el discurso islamófobo y la vida nos está dando fuerte. Y aquí tampoco hay punto medio, posición neutra: o resistimos, desmontamos y deconstruimos activamente, o estamos alimentando la corriente principal de este desastre.

 

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Islamofobia de barra de bar. En respuesta a Rafael Reig

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Islam, Islamofobia de barra de bar

2 julio 2015

 Enlace: http://www.eldiario.es/zonacritica/Islamofobia-barra-respuesta-Rafael-Reig_6_365423483.html

Publicado por primera vez en eldiario.es, el 11/03/2015

Bloque 8 de Marzo "Soy mujer, soy libre, visto como quiero" Foto: lara Mazagatos

Bloque 8 de Marzo “Soy mujer, soy libre, visto como quiero” Foto: lara Mazagatos

Hacer afirmaciones tan sencillas y evidentes como que “la islamofobia es el antijudaísmo del siglo XXI” provoca actualmente reacciones de una violencia insospechada. Hay quien me han tildado de antisemita (sic), islamofílica y manipuladora; otros, como Rafael Reig en su columna –que directamente tituló “A Brigitte Vasallo”–, han insinuado que defiendo la lapidación, la obligatoriedad del velo y las violencias contra las mujeres. No sé ante qué perversión de la mente nos encontramos cuando denuncio las violencias contra las mujeres musulmanas y alguien deduce que defiendo la violencia hacia esas mismas mujeres. Pero sí sé ante qué estamos cuando se pueden escribir cualquier tipo de barbaridades sobre la población musulmana o sobre las personas que reivindicamos sus derechos como los propios de una sociedad libre, sin que apenas salten las alarmas. Tenemos la sensación de que insultar a esa ciudadanía de segunda es algo divertido, canalla, incluso moderno. Y gratuito.

Pero no lo es.

Rafael, te voy a explicar por qué escribir una columna que relaciona alegremente las lapidaciones con la islamofobia, que me llama machista por denunciar la violencia contra las mujeres musulmanas, no es gratuito, bien al contrario. Pagamos un precio social muy alto por el racismo, la xenofobia, el machismo y sí, también la islamofobia. Son monstruos que alimentamos sin cesar y que nos acaban devorando si no tomamos consciencia urgente de su existencia.

Mientras escribo, Pegida, el movimiento xenófobo alemán, apoyado por Plataforma per Catalunya, altamente xenófoba también y con amplia presencia en los ayuntamientos catalanes, han convocado una manifestación en l’Hospitalet de Llobregat bajo el lema “contra la islamización de Europa”. Los partidos de extrema derecha, como el Front National francés, vuelven a ocupar amplios espacios políticos en Europa, y todos ellos basan sus discursos del odio en argumentos islamófobos. Cada año se registran en el continente europeo miles de ataques a personas musulmanas. No exagero las cifras: el informe anual del Collectif contre l’Islamophobie en France registró solo en 2013, y en ese país, 661 actos islamófobos, 640 de ellos dirigidos a personas. La mayoría de actos dirigidos a personas, puntualizo, son contra mujeres. El asesinato de Khaled Idris Bahray, el 12 de enero de 2015 en Dresden, se acompañó con la pintada de svásticas en su edificio. Estos ejemplos, Rafael, están lejos de ser casos aislados: son una pandemia y son crímenes de odio con la islamofobia como denominador común.
Mi trabajo va sobre todo esto. No va sobre la demonización burda e infantil de un Occidente del que, si mis cálculos no fallan, también formo parte. Tampoco va sobre la defensa, desde el relativismo cultural, de prácticas machistas y misóginas en cualquier lugar del mundo: no me atribuyas a mí tu simpleza.

Lo que yo hago es denunciar los crímenes de odio y los discursos que los alimentan. Los grandes discursos y las pequeñas columnas llenas de veneno cotidiano.

La islamofobia, te advierto para atajar la duda de si estamos exagerando, no es una cuestión de sensibilidades, sino una categoría de análisis reconocida internacionalmente desde hace décadas. Las ciencias sociales nos han proporcionado indicadores acotados para observar la realidad desde puntos de vista que no se empantanen en los discursos del odio ni en miradas etnocéntricas. El estudio referente en la materia, que publicó el Runnymede Trust en el año 1997, muestra como primer indicador pensar o nombrar el islam como un monolito uniforme y estático, es decir, ignorando toda su riqueza, su diversidad y su complejidad. Los ejemplos que usas en tu artículo dan de lleno en ello: la repudiación, la lapidación y todo tipo de atrocidades contra los derechos de las mujeres corresponden a la realidad sanguinaria de algunos países musulmanes (que como mujer y como feminista denuncio con una intensidad que posiblemente ni conozcas), pero a menudo obviamos que las víctimas de estos horrores también son musulmanas. Que lo son los asesinos del EI, pero también las combatientes de Kobane y la gran mayoría de personas que están en la línea del frente haciendo resistencia.

Esas mismas mujeres musulmanas que tanta pena te dan en Arabia Saudí o en Afganistán, son las mismas que no te dan pena alguna cuando sufren violencias en Francia o en España. Al contrario, denunciar la situación de las mujeres musulmanas en Afganistán mola, pero hacerlo en España contribuye, según tus palabras, “a la denigración del movimiento feminista y por tanto al machismo”. Nombrar solo a unos y obviar a los demás forma parte de la violencia implícita en la invisibilización de las luchas y los sufrimientos. Y, efectivamente, es un discurso islamófobo.

La lapidación, los matrimonios forzados, incluso infantiles y, volviendo al velo, la obligatoriedad o la prohibición sobre la vestimenta de las mujeres son prácticas aberrantes respaldadas por ley en algunos países musulmanes, pero ni en todos ellos, ni, desgraciadamente, solo en países musulmanes. Estos países, además, no solo son musulmanes, sino que algunos de ellos también son dictaduras, e incluso dictaduras respaldadas por países “tan feministas” como Estados Unidos o Francia, que bien podrían condicionar su apoyo al respeto de los derechos fundamentales de las mujeres, pero que prefieren pasar por alto ese pequeño detalle.

El marco legislativo (eso que tú llamas sharia confundiéndolo con el fiqh) de, por ejemplo, Indonesia, nada tiene que ver con el marco de Afganistán. El de Bosnia-Herzegovina, nada que ver con el kazajo. Hay 83 países en el mundo que condenan la homosexualidad. De estos 26 son de mayoría musulmana. Escribiría “solo” 26, pero se me parte el alma de hacerlo. Porque 26 siguen siendo muchísimos. Pero no son todos, como el discurso islamófobo nos quiere hacer creer.

El islam no es un monolito: solo la islamofobia –y a los indicadores me atengo–, nos permiten nombrarlo como tal sin que se nos caiga la cara de vergüenza de tanta ignorancia. Solo la islamofobia nos permite justificar la violencia que sufren las personas musulmanas en Europa a partir de las prácticas monstruosas que llevan a cabo algunos gobiernos contra sus ciudadanos y ciudadanas, de nuevo musulmanas. Justificar violencias o prácticas discriminatorias, por cierto, es el séptimo indicador de islamofobia según Runnymede.

Por otro lado, las leyes que rigen la vestimenta de las mujeres, el velo en concreto, no son exclusivas de países musulmanes. La imposición y la prohibición parte de la misma base: la infantilización de las mujeres y la violencia legal sobre sus cuerpos. Que en Irán se nos libere cubriéndonos o en España se nos libere prohibiéndonos cubrirnos forma parte de la misma política de imposición que poco tiene que ver con nuestros derechos. Si realmente nos preocupan las violencias machistas, necesitamos con urgencia una ley integral que nos acoja a todas: veladas y desveladas. Una ley que ni llega, ni genera los airados apoyos de sectores de dudoso feminismo que sí apoyan las prohibiciones sobre las musulmanas.

En cuanto a mi perspectiva feminista, de la cual dices que estando yo aquí, ya no hacen falta machistas, paso a aclarar un par de puntos.

Creo en un feminismo descolonizado e interseccional. Eso significa que mi mirada sobre las mujeres y sobre nuestra situación en el mundo incluye todos los ejes de la diversidad y de la opresión. Las mujeres no solo somos musulmanas o no musulmanas. Estamos también atravesadas por la orientación sexual (sí, hay musulmanas lesbianas, imagínate), por nuestra identidad de género, nuestra clase social, nuestra raza, nuestras diversidades funcionales, nuestra edad, nuestra situación administrativa y legal, los contextos políticos en los que habitamos y las luchas en las que nos inscribimos, entre una infinidad más de variantes. Y me relaciono con los feminismos y con las mujeres a partir de todos esos ejes y teniendo muy en cuenta que mi posición es de privilegio en tanto que feminista blanca y europea. Y no dejo de serlo por mucho que me disguste, o me incomode nombrarme así. Hay unos privilegios estructurales que no solo uso, sino que disfruto. Este artículo es uno de ellos. Porque en la conferencia a la que te remites para atacarme yo no estaba sola: estaba en la mesa con Hajar Samadi, pero a ella, ni la nombras. Ni la ves. Mi privilegio blanco también es eso: la visibilidad.

Mi conocimiento y mi perspectiva se sitúa en un lugar, un espacio y un recorrido válido como cualquiera sí, pero horizontal. Que mi perspectiva sobre el mundo y sobre la “liberación” femenina, sea lo que sea que significa eso, no es ni la única, ni la más valiosa. Es una de ellas. Y desde ahí lucho yo contra la islamofobia en España, y desde ahí acompaño y me dejo acompañar por las luchas de las mujeres musulmanas. Ni más ni menos.

Con todo esto, me pides que, por el bien de las mujeres, recapacite sobre mi actitud respecto a la islamofobia. Por el bien de las mujeres. Te contesto lo que le dijo “mi madre” Sojourner Truth a otro hombrecito osado como tú, hace ya un par de siglos. “¿Y acaso yo no soy una mujer?”

¿Te sigue pareciendo ahora que mi discurso es amigo del machismo? ¿Que hago que las reivindicaciones feministas se tomen a pitorreo? ¿Que propicio chistes de barra de bar?

Si es así, arriba las copas, compañero. Mientras tú te pitorreas, Pegida se manifiesta en L’Hospitalet y el fascismo crece en Europa. Brindad a nuestra salud los que os quedáis mirando desde la barra del bar: muchos de nosotros y nosotras no vamos a descansar hasta conseguir pararlo.

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PornoBurka en pdf

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Pdf completo, PornoBurka

13 abril 2015
PornoBurka en Shangai

(Foto: Señora Milton)

Celebramos que se acerca Sant Jordi liberando el pdf’s del PornoBurka. De nuevo, agradeciendo a Jordi Urpi y a Noelia Lleal, que me obligaran a autoeditarlo cuando ninguna editorial lo quería y yo andaba por pegarme un tiro. A Ellen James y a Pere Pedrals que me hicieron la portada. A Juan Goytisolo que me escribió el prólogo cagándose en el mercado editorial y a Marina Garcés que lo presentó en una tarde de lluvia hablando de hermandades entre filósofas y bufonas.

Y gracias a lxs que lo habéis leído, prestado, compartido, a lxs que habéis organizado las 50 y pico presentaciones y habéis asistido a ellas; a lxs que me habéis devuelto vuestras lecturas a través de las redes; a la prensa que ha ayudado a visibilizarlo y lxs que nos habéis acompañado en esta época tan emocionante.

Cuelgo el pdf con toda la emoción de lo que vivo como final de etapa.

¡Buen viaje, compañero! Gracias por haberme dado tantas alegrías.

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Burkas en el ojo ajeno: el feminismo como exclusión

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Burkas en el ojo ajeno, Burkas en el ojo ajeno, General

22 enero 2015
Ilustración: Señora MIlton

Ilustración: Señora MIlton

Hace unas semanas, un conductor de la empresa municipal de autobuses de Vitoria-Gasteiz decidió unilateralmente vetar del transporte público a una mujer y al bebé que llevaba por una cuestión vestimentaria, sin tener siquiera un reglamento en el que apoyar su decisión. La mujer iba cubierta por un velo integral, lo que llamamos erróneamente burka, y el conductor actuó, según sus palabras, por sentido común, por razones de seguridad y por educación y respeto hacia los demás viajeros. Este hecho, lejos de entenderse como una agresión con lectura de género hacia dos ciudadanas – con el agravante de la vulnerabilidad del bebé – ha suscitado, por el contrario, un debate sobre la conveniencia de tal expulsión y una ola de solidaridad hacia el conductor.

El gesto de este hombre no es un hecho aislado, sino un suceso más en un contexto de islamofobia de género que se acrecienta cada vez que se acercan unas elecciones. La islamofobia de género es una de las herramientas preferidas del efectismo electoral pues es gratuita y rentable: genera más confusión que repulsa, y aglutina no solo el voto racista y xenófobo, sino que logra apoyos en sectores críticos, como es el feminismo, a través de una estrategia que podríamos denominar purplewashing [lavado violeta]: la utilización de los derechos de las mujeres para justificar la violencia sobre algunas mujeres.

El fondo del debate

En los debates sobre la cuestión del velo hay una enorme confusión sobre el objeto mismo del debate: al centrarnos en la prenda de ropa generamos una cortina de humo que nos impide ver con claridad el fondo de la cuestión, que no es otro que los derechos civiles y el derecho al propio cuerpo, específicamente de las mujeres. Porque este debate, no lo olvidemos, tiene una marca clarísima de género.

Sobre el mal llamado burka pesan una serie de malentendidos que van desde su denominación (la prenda que existe en Europa no es un burka, palabra con enormes connotaciones, sino un niqab, palabra muchísimo menos connotada pero que, tal vez por ello, no se incorpora al discurso dominante), hasta el inmenso entramado de prejuicios sobre usos y razones para usarlo.

Desde algunos feminismos, especialmente herederos de unas luchas de reapropiación del cuerpo centradas en destaparlo, en descubrirlo, en re-sexualizarlo desde el sujeto y no desde el objeto, el velo integral se lee como una prenda opresora. Pero cuando tenemos a una mujer y a un bebé tiradas en mitad de la calle en Vitoria-Gasteiz, vetadas por un conductor a utilizar un transporte público que, dicho sea de paso, ellas también pagan con sus impuestos, no tenemos tiempo que perder en debates sobre si nos gusta o no su indumentaria, o si es necesario que guste y a quién. La pregunta que tenemos que hacernos con urgencia es: ¿queremos realmente legitimar al Estado para condicionar nuestros derechos civiles más elementales a la vestimenta que llevamos? ¿Podemos aplaudir que se nos expulse del espacio público en función de nuestra apariencia? ¿Queremos suscribir el mensaje de que las mujeres debemos escoger, y por ley nada menos, entre nuestra identidad y nuestra visibilidad? Porque así de grave es el asunto: mientras nos perdemos en elucubraciones nos estamos jugando mucho.

Feminismo contra los derechos de algunas mujeres

El pinkwashing es la captación (el secuestro) de los derechos de las comunidades LGTBI para hacer “limpiezas de cara” a políticas represivas, racistas y xenófobas, que utilizan las libertades sexuales como excusa para negar a algunos grupos de población sus derechos de ciudadanía. El caso paradigmático es el Estado de Israel, que se publicita como el mayor defensor de los derechos de las personas homosexuales en Oriente Medio, sin llegar a matizar que esa defensa se refiere solo a algunos derechos y para un tipo de personas que responden a un prototipo de raza, clase y pertenencia nacional.

Esta pátina de liberalismo se utiliza, al mismo tiempo, para reforzar medidas represivas contra “los otros”, aquellos y aquellas que se presupone que no son liberales y que, por lo tanto, no merecen tener derechos. En el caso concreto de Israel, esto refiere a la población palestina. Así, se crea una división de identidades totalmente binaria y ficticia, generando la idealización de un grupo y la demonización del otro en base a una categoría escogida de manera totalmente interesada y tendenciosa. Por ejemplo, el pinkwashing israelí nunca da cuenta de la opresión que ejercen sus políticas discriminatorias y su sistema de ocupación sobre la población queer palestina.

Tomando esta idea, podríamos hablar del secuestro o la captación de los derechos de las mujeres para justificar acciones discriminatorias hacia algunas mujeres. En nombre de una Europa liberal y feminista (casi estoy tentada a escribir feminista-por-un-día) y en nombre de la protección de los derechos de las mujeres, se generan leyes machistas y discriminatorias que vulneran los derechos de algunas mujeres. Confundiendo el derecho a la libertad sobre el propio cuerpo con la obligatoriedad a desnudarlo, arrebatamos a algunas mujeres su derecho a cubrirlo, llegando incluso a exigirles que escojan entre a su derecho inalienable al propio cuerpo y a la propia imagen, y su derecho inalienable a la educación y al espacio público.

Porque recordemos: no solo estamos aceptando que se expulse a mujeres del transporte público o de los edificios municipales… estamos llegando a permitir e incluso a aplaudir que se expulse a niñas de los colegios, negándoles el derecho a la educación y reforzando, en nombre del feminismo, la discriminación de género.

¿Y si están obligadas a llevarlo?

Tal vez sea este mismo proceso de purplewashing el que nos ha convencido de que prohibir el velo integral va en favor de la libertad de las mujeres que lo usan, incluso cuando éstas afirman que lo usan por decisión propia.

Desde los feminismos blancos no podemos seguir desoyendo las críticas que nos hacen los feminismos decoloniales, postcoloniales, negros, chicanos, islámicos, gitanos y etc… por nuestra política de imposición de valores propios como si fueran universales. Cuando nos hemos quedado sin voz señalando los privilegios masculinos, no podemos permanecer ciegas ante el propio privilegio. Antes de enzarzarnos en debates basados en una idea local de libertad, deberíamos tal vez desocupar la palabra y repasar atentamente los trabajos de bell hooks, Audre Lorde, Chandra Tapalde Mohanty, Gloria Anzaldúa y tantas más que se han hartado de señalarnos nuestros privilegios y de narrar otros mundos posibles que existen más allá de nuestra concepción del mundo.

El prejuicio muy generalizado de que todas las mujeres que llevan velo integral lo hacen bajo amenazas es infundado y paternalista: los medios de comunicación recogen numerosos testimonios de mujeres que lo usan incluso en contra de la opinión de su entorno, y los estudios realizados en países con suficiente población integralmente velada como para realizar estudios (y no es el caso del Estado español, sino el de Francia o Canadá) aportan datos curiosos: no todas las mujeres con velo integral están casadas (la presunción de heterosexualidad que aplicamos a las musulmanas también es parte de la mirada islamófoba), un porcentaje alto lleva el velo integral en contra de la opinión de sus familias, que temen verse estigmatizadas, y un porcentaje también interesante son mujeres sin ninguna relación familiar con el islam pero conversas recientes.

Esto es lo que nos dicen las estadísticas: de cada historia concreta debería poder hablar su protagonista. ¿Cuántas de las que no vestimos hijab o niqab hemos opinado claramente sobre las razones para llevarlo sin haber hablado jamás con una sola mujer que lo lleve? ¿Por qué los eslóganes “mi cuerpo, mi decisión” y “si nos tocan a una nos tocan a todas” no se aplican claramente en estos casos? Tal vez tenemos pendiente la labor de romper esas barreras invisibles instaladas entre mujeres veladas y no veladas, entre musulmanas y ateas, entre cristianas y anarquistas, entre blancas, negras, gitanas, payas, gordas y flacas, convirtiéndonos en galaxias de puntos aislados que solo se encuentran para chocar frontalmente.

Para terminar, defensa al derecho a decidir sobre la propia indumentaria no se basa en una construcción idealizada y orientalista del velo o de cualquier otra prenda. El velo puede tener tantos significados y tantas connotaciones como una minifalda, una cresta o un tatuaje. Es evidente por pura lógica estadística que hay mujeres que llevan el velo integral y están en situación de violencia de género. Ya hemos aprendido que la violencia y el machismo no entienden de clases, ni de razas: es una pandemia que nos afecta a todas en tanto que mujeres. Pero también desde la mirada horizontal y descolonizada entenderemos que en ningún caso la violencia de género se soluciona aplicando más violencia sobre las víctimas, aislándolas y lanzando el sistema judicial contra ellas.

Violencia simbólica y colonialismo

En la mirada al velo integral también nos enzarzamos en los hilos de la violencia simbólica. Este término, del sociólogo Pierre Bourdieu, refiere al mecanismos que llevan a la persona o grupo oprimido a adoptar las ideas y el punto de vista del grupo opresor.

La violencia simbólica incluye la mirada colonial y la “tutela feminista”: es la violencia simbólica del sistema patriarcal la que nos convence de que las “otras” mujeres son eternas menores de edad, faltas de decisión propia, incapaces de agenciarse sobre su vida y sobre su cuerpo, y necesitadas de decisiones tutelares para saber qué hacer para “liberarse”.

Bourdieu concluye que solo puede esperarse una transformación radical de las inclinaciones modificando las condiciones sociales de producción de las inclinaciones. Esa modificación radical que tanto necesitamos todas y todos, pasa por desarrollar una mirada horizontal, solidaria, transversal que nos permita generar confluencias en un contexto de opresión que afecta de manera muy extensa aunque de infinitas maneras diferentes. Y pasa por entender que no habrá otra manera de dibujar puntos de fuga a ese sistema que aunando fuerzas, miradas y potenciales, y renegando sin fisuras a las nuevas imposiciones y de las constantes y tentadoras violencias horizontales.

– See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/12/velo-integral-el-feminismo-como-exclusion/#sthash.ycMuM34y.dpuf

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Condenar el terrorismo sin caer en la islamofobia

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Condenar el terrorismo sin caer en la islamofobia, Islamofobia

16 enero 2015

Captura de pantalla 2015-01-07 a las 19.33.32La palabra “islamofobia” ha adquirido un lugar central a las portadas de nuestros diarios, a nuestras conversaciones, en nuestras las opiniones. A raíz de la legítima repulsión por los atentados terroristas de París, se ha generado un terrible ruido de fondo donde todo se confunde. ¿Criticar el terrorismo es islamofobia? ¿Denunciar la islamofobia de muchas de estas críticas es legitimar el terrorismo?
¿Qué es que y dónde estamos en medio de todo ello?

El año 2006, el informe Musulmanes a la UE. Discriminación e islamofobia, de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales, advertía de las grandes dificultades para reconocer la islamofobia, pues a menudo aparece camuflada bajo imágenes de patriotismo y autodefensa. Por eso es importante recordar que este fenómeno no es una cuestión de opiniones, ni de sensibilidades, sino una forma de incitación al odio tipificada desde hace años a nivel internacional y con indicadores  acotados. En general, hay muy poca gente que se denomine abiertamente islamófoba, si bien es cierto que está menos penalizado socialmente que nombrarse, por ejemplo, racista. Pero como con cualquiera otro eje de opresión, como con el sexismo, la lgtbfòbia, la xenofobia, no basta con no identificarse como parte de la entramado para no serlo: se tiene que hacer un trabajo intenso y profundo de identificación y autocrítica.
Islamofobia y discursos de exclusión
En su explicación más básica, se define la islamofobia como los prejuicios y el miedo contra el islam y las personas musulmanas. Es importante matizar a que nos referimos cuando decimos “personas musulmanas”. Más allá de las creencias y las prácticas religiosas de cada cual, se entiende como persona musulmana a todo el mundo que sea leído, correctamente o incorrecta, como tal. Personas de tradición musulmana pero laicas o ateas sufren la islamofobia. Personas leídas como árabes, sean cristianas árabes, judías árabes, o amazigh, kurdas, de cualquier etnia o tradición cultural y religiosa, sufren la islamofobia. Sin ir más lejos, el policía asesinado en París, denominado Ahmed, ha sido definido como musulmán sin ningún tipo de dudas y sin ir a preguntar a su entorno si se identificaba como tal o no.
Esta filiación necesaria y no puesta en entredicho entre tradición cultural, racialización, apellidos y filiación religiosa forma parte, precisamente, del intríngulis de la islamofobia, que construye un mito identitario a partir de una oposición binaria ficticia: Europa como laica (o como cristiana) y el islam y las personas musulmanas, como extranjeras, exógenas. El enemigo externo.
En este sentido, los terroristas de París, los hermanos Kouachi, también han sido leídos únicamente como musulmanes sin pararnos a pensar que a la vez eran franceses, nacidos en Francia y educados en el entorno francés de una institución de acogida francesa. Tanto su apellido como el lugar de nacimiento de sus padres se potencian para construir una identidad ajena que niega su biografía.
Esta lectura reduccionista no sólo afecta los bárbaros terroristas con los cuales ni queremos ni nos podemos identificar. De las personas leídas como musulmanas hablamos como “segundas” y “terceras generaciones de inmigrantes”, como si la migración no fuese un proceso  sino un factor hereditario. Incluso las personas conversas recientemente al islam son extrangerizadas.

Los 8 indicadores de islamofobia

El año 1997, la Runnymede Trust creó una comisión para estudiar la islamofobia en el Reino Unido que ha quedado como uno de los grandes referentes para entender esta cuestión. De su estudio, denominado islamofobia, un reto por todos nosotros (Islamophobia: a challenge to all of us) se deducen 8 indicadores y podemos seguir su rastro sin ningún tipo de dificultad en la mayoría de debates, públicos o privados, que se están viendo estos días sobre el atentado de París. Cuando hablamos de islamofobia, pues, nos referimos a alguna de estas actitudes.
1. Entender el islam y/o las personas musulmanas como una entidad monolítica o estática, incapaz de adaptarse a nuevas realidades.
2. Entenderlas como diferentes, separadas e independientes, no influenciadas por factores culturales y sin valores comunes con otras culturas.
3. Entenderlas como inferiores, bárbaras, irracionales, primitivas y sexistas.
4: Verlas como enemigas agresivas, amenazantes, aliadas del terrorismo y del choque de civilizaciones.
5. Entender el islam como ideología política y militar.
6. Rechazar sin ningún tipo de consideración cualquier crítico hecho en Europa desde personas o entidades musulmanas
7. Justificar las prácticas discriminatorias contra las personas musulmanas
8. Entender la hostilidad contra las personas musulmanas o el islam como algo de “natural”

Con estos indicadores a la mano, podemos revisar las conversas e informaciones que han salido sobre el atentado y repensar a que nos estamos refiriendo cuando denunciamos el punto de vista islamófobo. Hay un espacio enorme para poder denunciar la violencia sin generar opresión en nuestros discursos hacia una población que está triplemente victimizada: por los terroristas que están secuestrando su creencia y su identidad, por el resto de la población que la criminalizamos sin tapujos y por una serio de estructuras políticas, económicas y administrativas abiertamente racistas.
Pensar que rechazar el terrorismo cayendo en el discurso islamófobo es ser radical o atreverse a ser políticamente incorrecto demuestra que poco hemos aprendido sobre reproducción de dinámicas de opresión y sobre pensamiento colonial. Bien al contrario, es alinearse con el discurso hegemónico que viene a legitimar políticas internacionales, invasiones, expolios y alianzas perversas entre un mundo que se define sin tapujos como el Bien frente al Mal, como la civilización frente a la barbarie. Es la ideología que nos prepara por empatizar con Israel, para entender las intervenciones en Iraq y para leer Afganistán en términos de fanatismo religioso sin implicaciones políticas internacionales. Estamos ante el antisemitismo del siglo XXI y estamos cayendo en la misma trampa.
Si el privilegio es el lugar que ocupamos cuando negamos una opresión porque no nos afecta directamente, en el caso de la islamofobia queda mucho trabajo a hacer.

 

Publicado en La Directa: https://directa.cat/actualitat/condemnar-terrorisme-sense-caure-en-islamofobia

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