Sufismo: insaciable deseo de infinito
Mercan Dede es un músico de electrónica turco que reside en Canadá, se decolora el cabello y dedica sus discos al “compañero de mi vida”, el guapo dj canadiense Jarret Gibbons. Su último trabajo contiene una carta de amor encendido a su maestro, Yalal ud-Din Rumi, también conocido como Mevlana, poeta y místico del siglo XIII. La portada muestra un ángel vestido de derviche (o un derviche con alas) sobre el perfil de Estambul.
En 1998, aparecía en el mercado el disco en el que Madonna, Goldie Hawn… y ¡Demi Moore! recitaban poemas de este mismo autor.
En la época del terror, cuando el islam es el demonio ¿qué tiene este Rumi para haberse convertido en un fenómeno de la música pop y atraer a gentes tan dispares?
Anoche estuve allí y aquel ídolo clemente…
Yo era todo súplica y él todo caricias.
Pasó la noche y no acabó nuestra historia.
No es culpa de la noche: nuestra historia era larga.
Jalal e-din Rumi, también llamado Mevlana, “nuestro señor”, nació a principios del siglo XIII en la ciudad afgana de Balj, en el actual Afganistán y que entonces formaba parte del imperio persa. Hijo de una eminencia religiosa, Rumi huyó junto a su familia de las invasiones mongolas e inició una migración al occidente que lo llevó a instalarse en Anatolia, en la actual Turquía. Allí, en la ciudad de Konya, su padre fue acogido por el sultán selyúcida que lo puso al frente de una de sus madrazas, una escuela religiosa, un puesto que con los años heredaría el hijo. Rumi siguió el camino que el Poder había pensado para él: se convirtió en una personalidad influyente, un gran orador, un hombre que buscaba a dios por los caminos establecidos, rico, poderoso e inofensivo. Hasta que, un 29 de noviembre de 1244, su destino vino a él.
Shams de Tabriz (el Sol de Tabriz) era un vagabundo, un mendigo: un derviche. Un místico que había abandonado las ataduras sociales para consagrarse a su búsqueda personal de respuestas, a saciar su deseo de infinito. Todas las leyendas que narran el encuentro concluyen en lo mismo: una mañana de noviembre se vieron, intercambiaron un par de frases y se reconocieron. Y el mundo cambió. Rumi y Shams se encerraron juntos cuarenta días y cuarenta noches de las cuales Mevlana emergió totalmente transformado. “Después de tan larga espera, Mevlana vio el rostro de Shams- narra su hijo Sultan Walad – los secretos se le revelaron de modo diáfano. Vio a aquél que no se puede ver; oyó lo que nadie escuchó jamás de boca humana… Se enamoró de él y fue aniquilado”. Mevlana, a través de Shams de Tabriz, encontró el camino, su camino y decidió seguirlo. Se volvió lo que hoy llamaríamos un marginal, un antisistema. Un maestro sufí.
Abandonados, celosos, sus discípulos empezaron la persecución de Shams que huyó de Konya. Rumi, loco de dolor, envió a su propio hijo a Damasco para hacerlo volver. La segunda etapa de su encuentro duró siete meses de explosiva simbiosis mística, de perfecto entendimiento entre ellos y el universo, entre el mundo, dios y la poesía. En Occidente no podemos evitar leer esta historia en términos de sexo y lujuria. Ojalá sucediese así pero, si sucedió, no sólo fue eso. Shams fue capaz de enseñar al que ya se creía maestro, de retar y doblegar su inteligencia, de convulsionar su existencia tibia, de arrasar sus convencimientos con preguntas que nunca hubiese alcanzado sin él. Shams fue la presencia incendiaria que desencadenó en su vida el fuego final.
El 5 de diciembre de 1247 Shams fue asesinado por sus enemigos. Cuenta la narración poética de esta historia que a partir de ese momento Mevlana sólo quiso danzar, girar entre derviches hasta emborrachar el dolor y engañar a la conciencia. Girar para encontrar los vestigios de Shams, los restos del maestro dispersos en el interior del discípulo. Buscar a dios dentro de uno mismo: “Yo soy Dios”, sentencia mística por excelencia.
Por tu amor, voy con la cabeza alta.
Por tu deseo, camino sin cesar.
Me dicen: Alrededor el Él giras.
¡Ignorantes! Yo sólo giro alrededor de mí.
Rumi murió mucho despues, el 17 de diciembre de 1273. En los años que separan su encuentro con Shams y la muerte, Mevlana se dedicó a escribir los poemas que hoy recitan Madonna, Goldie Hawn, Demi Moore y a enseñar a los demás el camino que él había descubierto. El 17 de diciembre se conoce como “la noche de bodas”. El encuentro final entre él y la eternidad.
Rumi no fue nada más ni nada menos que un místico, una figura que existe en todas las corrientes espirituales y que, en términos del islam, se denomina sufí.
El sufismo, mirado desde la heterodoxia, es una propuesta radical y revolucionaria. Bajo la forma de acercamiento a dios supone el abandono del mundo, las leyes, las doctrinas, las morales. El sufí, el místico, que no el misticoide ni el iluminado, está más allá de los juicios, de los miedos, de las dudas, en un lugar incontrolable en el que sólo el deseo existe.
En su huida del mundo, el místico deja atrás incluso su identidad religiosa: el dios que él busca ya no tiene nombre, ni forma y, a veces, ni siquiera es dios. No tiene representante alguno en la tierra, no conlleva obligaciones específicas ni penitencias especiales, y sus propuestas son más cercanas a una orgía sensorial que a una misa de domingo. Por eso los místicos han sido mirados con recelo por la ortodoxia como heréticos y por esos sus escritos recogen sentimientos comunes a los ateos más radicales. El sufismo es pasión; todo lo demás son anécdotas formales.
Entre los musulmanes, los maestros sufís crean escuela. Rumi creó su propia cofradía, los famosos mevlevis o derviches giróvagos, desde la que enseñó a los demás el camino que él había recorrido, y propuso una serie de rituales que ayudasen a alcanzar el estado de gracia.
Pero los giróvagos son sólo una cofradía de las muchísimas que existen por todo el territorio del Islam.
Los poderes temporales, desde los tiempos de Rumi, desde el destierro de Shams, han intentado minimizar el sufismo. La manera no ha sido la prohibición,que también ha existido, sino algo más mortífero: la banalización. Infiltrar el sufismo, codificarlo, transformarlo precisamente en lo que no es: un dogma. Simplificarlo, domesticarlo y convertirlo en una forma de ortodoxia o en un pasatiempo para modernos ociosos en busca de una trascendencia sin riesgo alguno.
En ese sentido, la lucha del poder en Turquía contra el sufismo es ejemplar. Después de la muerte de Rumi, la cofradía de los derviches giróvagos se fue extendiendo por Siria y Egipto hasta los balcanes. Ganó gran influencia política a través de alianzas de sangre con los sultanes y algunos mevlevis ocuparon puestos estratégicos del Imperio convirtiéndose en lo que actualmente denominamos lobby. Así ¿qué le queda de sufismo a un sufismo convertido en centro de poder temporal? Su razón de ser, la búsqueda de respuestas más allá de las respuestas dadas, desaparece una vez que el sufismo, los mevlevis, se convierten en una secta como cualquier otra.
Esta enorme influencia en las cuestiones políticas fue una de las razones de la prohibición, que se hizo efectiva en 1925 cuando la presidencia laica de Mustafa Kemal Ataturk, el ideólogo de la nueva Turquía, ilegalizó las cofradías sufíes deshaciendo así el complejo entramado político de los mevlevis. Sin embargo la auténtica puntilla vino en los años 50, cuando el gobierno turco entendió que la ceremonia de los derviches giróvagos era un espectáculo de primer orden, susceptible de atraer miles de turistas a Turquía. Y así fue como la danza ebria de un Rumi borracho de dios se convirtió en un baile folclórico. De belleza arrebatadora, sí, pero totalmente inofensivo.
Desde entonces, el mausoleo de Mevlana, en Konya, se ha convertido en un museo y los derviches de Konya en un excelente grupo de música y danza que recorre los escenarios del mundo. Entre el 10 y el 17 de diciembre se celebra en el mausoleo la noche de bodas, actualmente denominado Festival Mevlana. Por esas fechas la ciudad recibe a miles de visitantes de todo el mundo, algunos viajando en circuitos especiales que incluyen una sesión de derviches como una parada más entre el Cuerno de Oro en barco y Capadocia en globo. El festival es sin duda una buena ocasión para presenciar la ceremonia, que también se celebra una vez por semana en el Museo Mevlana de Kadiköy, en Estambul. Por lo demás, los derviches de Konya realizan frecuentes actuaciones en España. No hay que olvidar que la cofradía de los mevlevis tiene también muchos seguidores en Siria, y grupos como Al Kindi a menudo actúan acompañados de derviches giróvagos.
Folclórico o no, sentido o fingido, ver a los derviches es siempre una experiencia emocionante hasta la lágrima. Presenciando una samaa, una sesión, es fácil compartir el dolor de Rumi, sentir el consuelo del que danza y entender el miedo del Poder a enfrentarse cara a cara con seres transfigurados en parte del universo.
La obra mística de Jalaledin Rumi se ha conservado en sus libros de poemas, que han sido llamados, herejía digna del mejor sufismo, como el Corán persa, lengua en la que fueron escritos. Infinidad de estudios sobre el poeta dar una lectura absolutamente ortodoxa de su poesía que apenas desentona así con el islam más correcto y conservador. La interpretación metafórica de sus versos, sin duda correcta, no explica los miles de enamorados furtivos, heréticos, homosexuales, cristianos cuando no ateos que desde hace siglos se recitan al oído los versos de Mevlana y que demuestran que el sufismo va mucho más allá de la doctrina y, en algún punto, es capaz de alcanzarnos a todos.
Era nieve y en tus rayos me fundí;
la tierra me bebió; niebla de espíritu,
remonto hacia el Sol.
Sufismo

Este trabajo de Brigitte Vasallo tiene licencia de Creative Commons Attribution-Noncommercial 3.0 Spain License.
Fue publicado originariamente en número 24 de la revista Lonely Planet Magazine
Tags: islam, mercan dede, mevlana, rumi, sufi, sufismo, turquia
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poema dos átomos [1001 amañeceres, V] « fálasme a min?
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[...] o ”Poema dos átomos” [do poeta sufí Rumi, musicalizado por Armand Amar para a película "Bab'Aziz" ] para mostrar 5 máis dos 1001 [...]
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