
(c) Sofia Servando Baig
Cuando hablamos de velo no hablamos de inmigración: hablamos de esencia.
En el discurso de un Nosotros en perpetua construcción, un hijab no debería ser ni más extraño ni más amenazante que un vestido de fallera.
Hace un tiempo fui invitada a unas jornadas sobre interculturalidad y género organizadas en la Facultad de Pedagogía de Barcelona por Gredidona.
Se trataba, en mi caso, de hablar del hijab (el velo musulmán).
El tema del velo aparece de manera recurrente en nuestras conversaciones, en nuestras noticias, en nuestro debate político. Y no logramos acabar de resolverlo porque situamos mal el debate.
Hablamos de velo e inmigración. Del velo como un elemento extraño que acaba de llegar a “nuestro” país (si es que hay países de alguien, que diría Jaume Sisa). Un elemento que debemos decidir si incorporamos a nuestro mundo, o no.
Si el debate es éste, qué debe entrar en “nuestro” país, lo que estamos definiendo por oposición es quiénes somos.
¿Quiénes somos? ¿Qué somos?
Podemos ser, como sociedad, algo definido, cerrado, elaborado posiblemente a partir de la historia del territorio (la historia que escriben los ganadores), de sus mitos fundacionales, de sus leyendas, incluso de sus anhelos y totalmente indipendiente de los ires y venires de la población real que habita ese territorio. Es el modelo social que propone Francia: la asimilación. Francia es, y quien quiera sumarse que se atenga a ser así. La definición exacta de cómo debe ser alguien para participar de esa idea de Francia nunca se ha escrito claramente en ningún sitio, pero seguir un poco de cerca la realidad social en la Francia de los banlieus da una idea aproximada.
El resultado de esta política son varias generaciones de personas nacidas en Francia que no logran convertirse en franceses de verdad. El resultado es, pues, una sociedad compuesta por ciudadan@s… y ciudadan@s de segona: “chusma”, como bien lo definió Sarkozy, totalmente traicionado por su subconsciente.
El engaño está al principio mismo del planteamiento: el debate del velo no debe situarse en el contexto migratorio ni en el marco de una sociedad de esencias inamovibles.
Obviemos el hecho de que hay muchas mujeres nacidas aquí que llevan velo. Por tradición familiar o porque les da la gana. Si las consideramos ciudadanas con plenos derechos (nacidas, educadas, crecidas aquí), el debate sobre cómo visten no ha lugar. Visten como quieren. Lo mismo que hago yo, sin ir más lejos.
Pero lo más interesante del debate está en las muchas mujeres que no han nacido aquí pero que sí deben considerarse ciudadanas de aquí. No sólo por estar nacionalizadas (trámite administrativo al fin y al cabo) sino por estar viviendo, trabajando, pensando aquí. Por formar parte de lo que somos, sea lo que sea lo que somos.
Las sociedades, como las personas, no somos: nos hacemos. Si somos algo, es puro devenir. Construcción.
Una mujer con velo, para aquellas que no lo llevamos, nos remite a la idea de Los Otros. El elemento extraño que se incorpora, que se yuxtapone al Nosotros. Pero este Nosotros, por definición, debería incluirnos a tod@s. Nosotr@s somos l@s que estamos aquí y ahora. La esencia española es el resultado de la suma, no de la resta, de todos y todas los que estamos.
Y eso incluye a mujeres con velo, nacidas o no aquí.
Cuando hablamos de velo no hablamos de inmigración, hablamos de esencia. Y, visto así, un hijab no es ni más extraño ni más amenazante que un vestido de fallera.
Tratar sobre el tema desde otro lugar nos lleva, como si fuésemos pescados hambrientos, a mordernos la cola. Porque entender que hay un Nosotros que no nos incluye a tod@s, significa que aquí y ahora vivimos personas que somos, y personas que no son. Ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho, y Otros. Ciudadanía de segunda. Racaille. Chusma. Y que lxs que somos tenemos el derecho a cuestionarles la ropa, la identidad, la espiritualidad, a los que no dejamos que sean.

Este trabajo de Brigitte Vasallo tiene licencia de Creative Commons Attribution-Noncommercial 3.0 Spain License.
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