Palestina: la música como forma de resistencia

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Israel, Palestina

Noa y la Orquesta Árabe de Barcelona

(c) Gencat.cat

El año 2009, Cataluña celebró su fiesta nacional con un concierto institucional de la cantante israelí Noa acompañada por la Orquesta Árabe de Barcelona. Era una año especialmente sensible porque pocos meses antes un bombardeo israelí, apoyado por la opinión pública de aquel país y defendido reiteradamente por la cantante, había dejado 1.400 muertos civiles en Gaza. La Orquesta Árabe de Barcelona, a través de su líder Mohammed Souleiman, justificó así la colaboración: “Nosotros hacemos música, no política”.

Cuando la propia existencia está en entredicho, cuando el futuro no llega, el pasado se niega y el presente se banaliza en concierto de fraternidad, la música, la vida, ¿admiten otra lectura que la política?

Reem Kelani

(c) Simon Richardson

“Yo existo.” Estas palabras de la cantante Reem Kelani parecían sonar dentro del coche que nos llevaba desde el aeropuesto de Tel Aviv (Israel) hasta Jerusalen Este (Palestina) en verano de 2009.

“Yo, como palestina, soy. Existo. No quiero dar testimonio de nuestra condición de víctimas, sino de nuestra existencia. Nosotros, los palestinos, existíamos en el pasado, existimos en el presente y espero de todo corazón que sigamos existiendo en el futuro”.

El significado de estas declaraciones de la cantante palestina residente en Londres, recogidas en el primer número de la revista Sons, apenas alcanzan su dimensión leídas desde España, donde parece imposible negar la existencia de Palestina. Pero en aquella carretera, rodeados de coches, signos, banderas israelíes, dirigiéndonos a un país , Palestina, que jamás se nombra en los indicadores, cruzando un territorio que muestra rastros furtivos de una desaparición que se niega a pesar de las piedras, a pesar de los documentos de ambos bandos, a pesar de la lógica, a pesar de los recuerdos, a pesar de los rastros innegables que los y las palestinas han dejado sobre el terreno…  allí las palabras de Reem Kelani adquieren la fuerza devastadora de la evidencia: no hay un solo espacio de la Palestina histórica, ni un solo espacio en los territorios ocupados, donde la Palestina actual pueda ser. No hay tregua: Palestina no consigue existir.

Decepcionados por unos acuerdos de Oslo que se han demostrado malintencionados (como advirtió el intelectual palestino Edward Said y como han acabado reconociendo los Nuevos Historiadores Israelíes), arrinconados en un contexto político que sólo permite escoger entre la inoperancia o el fanatismo, los y las palestinas se aferran a la última arma de resistencia posible: el simple hecho de existir, de seguir siendo.

Reem Kelani no lo duda: hija de expulsados, su primer, primoroso disco trabaja sobre grabaciones de campo realizadas con mujeres palestinas refugiadas en Líbano, sobre los recuerdos familiares de su madre nazarena, rebuscando con una exquisitez enamorada los rastros de la memoria colectiva. El resultado es un disco (Springting Gazelle, Fuse Records, 2005) que forma parte del pequeño catálogo de discos realmente imprescindibles y es que, al tiempo, un auténtico acto de resistencia cultural: tomar las tradiciones negadas, silenciadas en campos de refugiados, desterradas, arrancadas de la tierra que las creó y recuperarlas no sólo en su pasado, sino en sus formas futuras: Palestina no sólo existía, sino que existe. La cadena de transmisión sigue adelante.

 

“Yo soy, posiblemente, la persona más narcisista del mundo, en aquello que se refiere a mi y a mi arte” - afirma Sami Joubran, líder del Trío Joubran, en el documental Improvisation, del director Raed Andoni. “Puedo pasarme horas hablando sobre mí mismo, pero cuando estoy sobre el escenario, una gran parte de mis sentimientos nacen de la agonía de Palestina. (…) A veces toco el laúd con lágrimas en los ojos, lloro, y lo hago tan afectado por la música como afectado por mi hija: pienso en Wissam, pienso que mientras estoy tocando mi hija está bajo el estado de excepción en Ramallah. Desde el fondo de mi mente quiero llegar al público (…) y decirles que los palestinos no somos terroristas, que somos buena gente, que amamos la música, que amamos nuestra música”. Descendiente de una familia galilea de larga tradición musical, los tres hermanos formaron el grupo en el año 2004, convirtiéndose en imprescindibles de los escenarios europeos. Uno de sus discos más celebrados es À l’ombre des mots (World Village/ Harmonia Mundi, 2009), testimonio de un concierto dado en Ramallah con el poeta Mahmoud Darwish.

La historia de la música palestina, la historia de la música palestina con conciencia nacional, no se puede entender sin la voz de este hombre. Figura capital de la intelectualidad palestina, junto con Edward Said, los poemas de Darwish como “Madre”, “El Pasaporte” o “Rita y el fusil”, puestos durante los años 70 y 80 en la voz del libanés Marcel Khalifa, se convertido en los auténticos himnos del país negado. Los años y la batalla perdida han convertido Marcel Khalifa en un laudista que ya no canta o canta poco. Quizás convencido al final de que la existencia en sí ya puede ser una forma de lucha, o quizás ahogado en el complejo espiral de relaciones de amor y de odio, a menudo simultáneas, entre los libaneses y los palestinos, en Khalifa ha callado pero, en cualquier caso, su aportación a la identidad palestina es firme y perdurable y se extiende en las conciencias y los cantos de las familias de todos los países árabes.

Que Marcel Khalifa sea libanés no es casual. En las primeras décadas de los desastre palestino el Líbano fue lugar de refugio de miles de palestinos. Un refugio con todos los problemas que la misma palabra sugiere y que se fueron intensificando hasta ser uno de los ingredientes explosivos de la guerra civil libanesa, en 1975. Antes de esta fecha, sin embargo, la música libanesa también se hacía eco de un drama que consideraba como propio dejando para la posteridad de la memoria colectiva no sólo el nombre de Marcel Khalifa sino temas como “Zahrat Al Madain”, la flor de las ciudades, el himno del Jerusalén Árabe, de la mítica cantante libanesa Fairuz.

Marcel Khalifa es el prototipo de cantautor comprometido con la causa, que tiene su representante palestino en Mustapha el Kurdo, un músico con resultados sonoros mucho más modestos pero que ocupa un gran espacio sentimental en Palestina como portavoz de los dolores comunes.
Laudista como ellos y cantante brillante es Moneim Adwan. Nacido en Gaza, su biografía oficial recoge el hecho de que en 2004 actuó en el Festival de Músicas Sagradas de Fez, en Marruecos. Lo que no dice es que lo hizo solo, sin el apoyo de sus músicos, a los que el ejército israelí había impedido la salida de Gaza en el último momento. Pudimos hablar con él después del concierto. ”Ha sido muy duro - nos decía en tono desesperado- todo mi programa dependía de mis músicos y de repente he descubierto que no les dejaban venir. Es política y es política de la dura, pensábamos que eso eran cosas contra los guerrilleros pero no, es una guerra contra la humanidad, contra las cosas sensibles, contra la música, ¿te puedes imaginar?”. En el año 2003 Moneim Adwan publicaba el disco ”Nawah” (Buda musique), en colaboración con Françoise Atlan, cantante francesa especializada en tradiciones sefardíes. El disco incluía temas en árabe y hebreo. ”Yo no tengo problemas con las personas: tengo problemas con la política. Françoise Atlan es una persona fantástica, una gran cantante y no le gusta nada la política israelí. Hay mucho judíos como ella”.

Moneim Adwan ha colaborado Sabreen, un grupo mítico de Jerusalén que su fundador Said Murad define “dentro de los grupos resistencia de los años 80, como Marcel Khalifa, Ziad Al RahbaniSheikh Imam… Al principio tocábamos en bodas. Pero nos afectaban las condiciones de vida bajo la ocupación: la militarización, los prisioneros, los ataques … hasta que decidimos que queríamos hacer música, pero también queríamos crear cambios de conciencia en la gente sobre nuestra situación como palestinos. Nos pusimos a hacer una música profundamente palestina, con los instrumentos y las tradiciones locales, pero incluyendo las aportaciones renovadoras occidentales. Nos sentíamos cercanos a los experimentos de músicos occidentales y orientales que se mezclaban, como Peter Gabriel, Ravi Shankar … y otras experiencias”.
Una línea similar se planteó El-Funoun, el grupo más reconocido de danza ”dabke“ y otras expresiones tradicionales. Según la coreógrafa Noora Baker, “para nosotros danzar es nuestra manera de resistir a la ocupación. Como pueblo ocupado tenemos el derecho a resistir, sea como sea, violentamente o no violentamente. Yo no puedo llevar una pistola y matar. Pero puedo danzar. Intentamos probar que venimos de una herencia, que existimos, que nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, los re-bisabuelos existían, que vivimos y que moriremos en esta tierra”. El director del grupo, Khaled Katamesh, es claro ante la pregunta de si bailaría junto con una compañía israelí: “¿Has visto un preso bailando con su carcelero?”

Un punto de vista muy diferente, sin embargo, tiene Wissam Mourad, el componente más joven de Sabreen y que actualmente lleva una carrera musical en solitario: “Como palestino estoy vinculado a nuestra situación política. Sueño en cambiar nuestra situación, pero yo soy músico, no político. Mi poder es la música, y cuando hago de músico no estoy vinculado con mi posicionamiento político, sino que estoy concentrado en la música. No siempre tienes que estar escuchando la música como si fuera política. ”

(c) The Advertiser

La cantante palestina Amal Murkus viven en territorio israelí, como parte de los llamados “palestinos del 48″. Sus colaboraciones con músicos israelíes han sido controvertidas:  ”Tengo relaciones con cantantes y músicos israelíes, con los que he cantado sobre la paz entre árabes e israelíes, y la importancia de crear paz. Todo esto fue antes de la Segunda Intifada. Pero ahora no tiene ningún sentido ya que la situación política ha cambiado, y la paz no ha llegado”.

El grupo de rap DAM también pertenecen los llamados ”palestinos del 48″. Los DAM aprovechan esta biculturalidad impuesta que les da el hecho de haber nacido en un país reconvertido para cantar alto y fuerte su situación tanto en árabe como en hebreo. Su posición es clara: el año 2008, en declaraciones realizadas en San Francisco, decían: “todo el mundo le habla a los palestinos de coexistencia. Deberían hablar antes de existencia. Se debería dejar a los palestinos existir antes de hablar de coexistencia ”. El primer éxito mundial del DAM fue ”Min erhabi”, (¿Quién es el terrorista?), difundido por foros de rap de todo el mundo. Desde entonces se han convertido en un grupo de referencia. En noviembre de 2006 pasaron por Barcelona en una primera parada que los llevaría a encontrarse con Fermin Muguruza. De aquel encuentro, y tras años de amistad, ha nacido el documental Checkpoint rock, sobre la música que se hace actualmente en Palestina.

Queda una duda: ¿es posible la colaboración artística entre palestinos e israelíes? El director académico del Conservatorio de Música Edward Said de Ramala Ibrahim Atarilo tiene muy claro: ”Mucha gente nos pregunta a los palestinos si tocaríamos con israelíes y saben perfectamente la respuesta. ¿Por qué me la hacen? Yo no tengo ningún problema con tocar con músicos judíos, pero sí con israelíes. Es muy sencillo: el día que yo pueda ir a cualquier lugar de mi país sin problemas, el día que yo pueda ver a mi mujer y mis hijas sin problemas, ese día tocaré con un músico israelí. Cuando tenga mi libertad … Pero con un muro rodeándome, ¿cómo quieres que toque con un músico israelí? ¿Tú lo harías? ”

Mientras el año 2009 Noa y la Orquesta Árabe de Barcelona ensayaban ”El cant dels ocells”, la plataforma Aturem la Guerra proponía como alternativa la actuación de Gilad Atzmon, ”un músico de origen judío e israelí que, a diferencia de Noa, se ha expresado claramente por los derechos del pueblo palestino ”. ¡Qué desliz el de Aturem la Guerra! Gilad Atzmon es un judío antisemita que ha negado pública y reiteradamente el Holocausto y que colabora estrechamente con Israel Shamir, autor que define Auschwitz como ”un campo de internamiento atendido por la Cruz Roja”.

Quizá sí que el mundo sería mejor si los músicos hicieran sólo música (y los activistas sólo activismo) pero la reflexión, en todo caso, debe ser más profunda que un infantil intercambio de piezas. Cuando todo el mundo hace política, la respuesta sólo puede ser política. Así, cuando los gobiernos atacan de igual manera un músico que un guerrillero, cuando se utiliza en las cantantes para hacerse limpiezas de cara mientras se bombardea la población, cuando se está librando una guerra tan sumamente sucia y tan sumamente impune, el mundo de la cultura, el mundo de la música, no puede seguir bailando. Como programadores de conciertos, como periodistas, como público, tenemos que hacer algo. Y lo único que podemos hacer, es el boicot. No hace falta que nos preocupemos por los “buenos israelíes” que sufrirán el boicot: los israelíes “realmente” buenos estarán contentos de ser boicoteados por una causa que saben justa. Parece una utopía, poder cambiar las cosas desde la cultura y con un boicot. Pero si en Sudáfrica funcionó, ¿por qué no debería funcionar en Palestina?

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Este trabajo de Brigitte Vasallo y Sàgar Malé tiene licencia de Creative Commons Attribution-Noncommercial 3.0 Spain License.

Fue publicado originariamente en la revista Sons de la Mediterrània.

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