Marrakech, la ciudad indomable

Written by Brigitte Vasallo. Posted in Destacadas, Lugares, Norte de África

LP17 MARRAKECH

Llegué a Marrakech con 19 años a bordo de un agónico Seat Ritmo, iniciando el primero de mis grandes viajes que acabó convirtiéndose en el único; todos los destinos posteriores han sido carreteras secundarias de un trayecto sin regreso: Marrakech como el lugar soñado, mi Yoknapatawpha, mi Macondo.

La ciudad ha ido desvelando capas a través de los años, a medida que la inculta, incauta, desprevenida, arrogante viajera que yo era se fue acostumbrando a la gestualidad, al alfabeto, fue ganado batallas (que nunca la guerra) a un idioma tan agradecido como escurridizo, aprendió a ver lo que estaba mirando y entendió que no estaba entendiendo nada: porque -apabullante, caótica, caliente y cálida, brutal, excesiva, hilarante, durísima en lo cotidiano, irreverente e irreductible, contradictoria- Marrakech es incomprensible y, sin embargo, incomprensiblemente, es.

En Marrakech conviven varios mundos. El primero que recibe al viajero es un parque temático creado por y para el turismo donde la simpatía, la hospitalidad, la invitación al té a la menta y la jovial propuesta de canje son una mercancía más que los unos venden sin complejo y los compran encantados de tener su “experiencia oriental”. Es el Marrakech espejismo cuyo epicentro es Jemaa el Fna, una plaza que, en lugar de visitarse, se hace, pues no admite espectadores pasivos: aún sin darte cuenta te coge, te da la vuelta, se ríe de ti, te pone motes, te cuenta historias, te hace suyo. No hay resistencia posible: Xemáa-el-Fná es indomable. De día levanta un decorado para el turista desprevenido y grupal: monos amaestrados, serpientes desdentadas, acróbatas, tatuajes de alheña, lectura de manos, venta de ungüentos, zumos de naranja y la entrada principal, boquiabierta, del gran animal hambriento que es el zoco. Al anochecer se desnuda para mostrarse como un saturado punto de encuentro, confuso, apabullante, farragoso; los monos y las serpientes son des/plazados por los restaurantes móviles y el ambiente de feria acompaña el hacerse y deshacerse de las halcas, círculos efímeros de cuerpos apiñados alrededor del halaiqui, que es contador de cuentos, o músico rudimentario, o bailarín travestido o arengador. Una fabulosa explosión de vida y, al tiempo, un mundo descarnado, miserable, de prostituciones a precios de saldo, de sexo propuesto o impuesto; un lugar para hombres, agreste e impetuoso y, por ello o a pesar de ello, singularmente magnético.

No sólo la plaza es masculina: la ciudad entera no admite descripciones unisex, y la experiencia varía según el género de quien la viva. Las mujeres soportamos un aluvión de piropos, saludos y guiños que a menudo derivan en insultos. Ni cambiando de ropa, ni de peinado, ni siendo más alta, baja, gorda, vieja o joven, marroquí o extranjera, se evitan. Sólo hay un arma efectiva contra ello: el iPod. Aislarse física o mentalmente, por medio de unos auriculares con buena música o gracias a la fortaleza mental. Por lo demás, ni la plaza es inaccesible si se sabe manejar: lejos de renunciar a la maravilla de las halcas, las gazelles pueden sentarse en el centro, protegidas por la vista de todos. ¡Tanto el halaiqui como el público estarán encantados de tener dos espectáculos por el precio de uno!… ¿Ya he dicho que esta plaza es indomable?

Para que un autóctono desinteresado te acompañe al zoco, hay que suplicarle varios días. ¿Al zoco?- te preguntan horrorizados – pero ¡¿qué se te ha perdido a ti en el zoco?! Con miles de puestos que venden fascinantes pero idénticas mercancías, la lucha por el cliente es descarnada; los precios son variables, los bazaristas asumen que todo gauri (guiri) es rico (cosa, en el fondo, casi cierta) y los guiris asumen que todo bazarista va a tomarles el pelo (cosa no sólo cierta, sino evidente), así que una visita al zoco puede derivar, fácilmente en guerra de civilizaciones. Quien quiera artesanía deberá adentrarse en la selva, pero quien quiera zoco tiene otras opciones: en el barrio periférico de Duar-l’ascar, hay un enorme mercado de ropa y cachibaches al aire libre con muy buen ambiente donde ir afinando técnica y desarrollando paciencia antes de abordar el examen -inaprobable- del zoco.

Marrakech no es una ciudad de grandes monumentos, por mucho que sus promotores hayan inventado un circuito de visitas “imprescindibles”, mucho más fotografiables que el intangible encanto de la ciudad viva. De ellas destacan la Medersa Ben Yusef, deslumbrante escuela coránica construida en el siglo XVI por la dinastía árabe de los Saadiens, y la Kutubia, construida por los Almohades que, como sus antecesores, los Almorávides, fueron bereberes (amazigh, imazighen); la tradición árabe y la amazigh, junto a una poco reivindicada negritud, forman el sustrato étnico y cultural de la ciudad marcada por la cercanía del Alto Atlas, territorio amazigh por excelencia. Por este origen montañés, la palabra xiluj (generalización de bereber) es usada a menudo por los urbanitas como sinónimo de palurdo. Aún así, en Marrakech no hay problemas de convivencia entre unos y otros, y ambas comunidades están mezcladas por una extensa red de matrimonios mixtos que no ha logrado, sin embargo, diluir en la arabicidad esta cultura que enarbola a cada paso su orgullosa diferencia. En este recorrido casi obligatorio hay que añadir los jardines de la Menara es fácil encontrar, durante los días festivos, grupos de jóvenes improvisando la más reconocible tradición de la ciudad: la dacca marracxía, canciones con doble y triple sentido acompañadas por un baile simpático-chulesco y un palmeo febril. Llegar a la Menara por la ruta de Bab el Xedid, tiene dos alicientes: el primero, las espléndidas palmeras califonianas ¡de plástico! que el ayuntamiento, siempre muy ocurrente, ha “plantado” allí para esconder unas antenas y, el segundo, las deslumbrantes vistas de los días claros, cuando se unen bajo un solo encuadre la ciudad roja y la silueta colosal de las montañas del Atlas, casi perpetuamente nevadas y que, desde la planicie sofocante de Marrakech, son de una dramática belleza. El paseo por el Mellah, la antigua judería, barrio muy animado de día y demasiado animado de noche, sirve para testimoniar de una cultura en vías de extinción: los judíos de cultura árabe y bereber. Los demás puntos de visita obligatoria, como son los palacios El Badi y Bahia, las tumbas de los saadiens, los jardines de Agdal o la Majorelle son tan sólo una opción entre otros muchos recorridos fascinante silenciados bajo su publicitado peso.

Cuando la ciudad espejismo pierde el primer brillo y se evidencia como un laberinto de absurdos, a medida que el turista ilusionado se transforma en viajero estupefacto, Marrakech, lejos de liberarlo, le desvela nuevos prodigios. Uno de ellos es el cine Edén. Situado bajo el primer arco de la calle Kennaria, al lado mismo de la plaza, es un submundo de sesión doble donde nada que suceda en pantalla es comparable con lo que sucede en platea; en el cine Edén se fuma, se comen pipas, se habla con los vecinos, se trapichea, se canta cuando la película invita a ello, se venden refrescos transportados en cubos de hielo y se dan réplicas chistosas a los actores al más puro estilo marracxí: en voz alta y con toda la parroquia coreando la ocurrencia. Jemaa el Fna bajo techo. Una experiencia única que las chicas tienen que afrontar acompañadas y cargadas (ellas y ellos) de sentido del humor; siendo territorio libre de turistas, el centro de las bromas seras, inevitablemente ¡tu! El cine Edén… también es territorio indomable.

Antes de que internet pariese hombres agazapados en los cibercafés rebuscando páginas calientes (ellas también se agazapan, pero para chatear con romeos libaneses), cines similares al Edén se habían especializado en pornografía. ¡¿Pornografía?! El método era desternillante: película de acción cortada cada 10 minutos por apenas un flax ¡de porno duro!. Infierno de cualquier cinéfilo, era imposible concentrarse en ninguna de las dos. En pleno choque visual, líbido arriba, líbido abajo, la única solución era, como tantas veces, rendirse ante esta ciudad inesperada y reírse de la situación y de uno mismo. Signo de los nuevos tiempos, la ciudad ya cuenta con multicines en el la zona de Aguedal, justo detrás de ¡Pachá Marrakech!.

Pachá no es sólo un club: es la constatación (nocturna) del enorme cambio que está viviendo la ciudad. Hace un lustro, las discotecas eran terreno de prostitutas y de faux guides (falsos guías), chicos dedicados a acompañar, en el sentido extenso de la palabra, a turistas; un ambiente denso que hacía impensable que una “chica sin ánimo de lucro” saliera de fiesta con las amigas. La noche, y el derecho a vivirla sin estigmas, es uno de los muchos terrenos que se están ganando las marracxías a bocados.

Una nueva ciudad ha surgido, cool, voluptuosa, de ocios impensables e incompatibles con la forma de vida mayoritaria pero frecuentada por las clases altas, los turistas informados, los emigrados en vacaciones y la comunidad extranjera residente. Los escasos quilómetros que separan los barrios del Hivernage y su vecino Sidi Yusef están más plagados de contradicciones, sorpresas y choques culturales que muchos viajes transoceánicos.

A este paréntesis de irrealidad pertenecen lugares como la playa (sic!) de Marrakech, los spas occidentales disfrazados de baños orientales, los restaurantes suntuosos, los cafés literarios (que suplen la endémica escasez de bibliotecas de la ciudad) y la multitud de riads convertidos en casas de huéspedes. El flujo migratorio de europeos hacia la medina ha multiplicado los precios inmobiliarios. Ahora apenas se alquilan viviendas a nativos, la compra es inalcanzable y las familias venden en masa (a precios desorbitados) sus antiguas casas para instalarse en la periferia. No son los marracxís los que pierden con el cambio: los nuevos barrios tienen las calles más limpias, mejores sistema de alcantarillado, mejores equipamientos… Los mayores han perdido su red social pero los jóvenes, especialmente las chicas, han ganado privacidad. Ellas, en la medina, pertenecen al barrio; fuera, están consiguiendo ser de sí mismas. Quien sale perdiendo con la desbandada de autóctonos es el parque temático: cuando se quede definitivamente sin figurantes tal vez el ayuntamiento instale, a juego con las palmeras de Bab el Xedid, marracxís de plástico que silben al paso de las gazelles. La ciudad se arriesga a morir por no entender el origen de su éxito. Porque en el fondo Jemaa el Fna es un agobio, los zumos de naranja están aguados, los ungüentos son un timo, los monos tienen pulgas y las calles huelen mal, como se evidenciará el día que todos estos lugares se vean vacíos de gente corriente. Porque ellos, los marracxís y las marracxías, con su forma de reír, de mirar, de acercarse, de convertirlo todo en broma empezando por sí mismos, de resignarse sin acabar de rendirse, de vivir la vida con paciencia y buen humor a pesar de los pesares, de abrirte los brazos, de aceptarte como una rareza más de una ciudad en sí rara, de quererte sin necesariamente entenderte y de echárselo, al fin, un poco todo a la espalda… ellos y no las piedras ni los jardines, ni las calles ni las tiendas, son el auténtico patrimonio de la ciudad. Y la incomparable experiencia de haber estado entre ellos, la esencia viva e irreemplazable del mito de Marrakech.

Entrevista de Roger Blasco en EITB sobre este artículo (aquí)

cc: atribución, no comercialBrigitte Vasallo

Este artículo fue publicado en enero de 2009 en la revista Lonely Planet Magazine.

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