El pasado 15 de mayo falleció en París la gran Cheikha Rimitti, la última representante del primer rai, la ultima de sus creadoras. Tenia 83 años, un nuevo disco y dos noches antes había estado dando un concierto.
La primera vez que vi en directo a la Cheikha Rimitti fue al aire libre, en un concierto gratuito en la plaza Real de Barcelona, microcosmos que combina el botellón, la acampada libre y los bares de diseño, que aquella noche se pobló de magrebís fascinados, de jóvenes hermosos encaramados a las palmeras, a las farolas, y de catalanes alucinados ante tanta expectación. Y apareció ella: vestida de negro, con una corona de oro recogiéndole la cabellera negra, surgiendo como una diosa entre el humo artificial, absolutamente sublime. “¡Que dios te bendiga!”, le gritaban, ¡Y que dios bendiga a tus padres!; ella bailaba y respondía con una sonrisa altiva y seductora, triunfante: pasaba entonces, y de largo, los 70 años.
Rimitti nació llamándose Saida, siendo mujer, completamente pobre, en una Argelia colonizada; muy pronto quedó huérfana y se convirtió en una “niña de la calle”. No era, como dicen, prostituta, aunque se prostituyese, ni era cantante, aunque cantase: Saida era una superviviente, y en ese sobrevivir descubrió los cabarets oraneses en un momento clave, cuando la gente, los hombres que habían huido de los pueblos para buscar una vida mejor en la ciudad, se habían quedado sin música que cantase unos dolores que les eran nuevos y que las músicas ya existentes no podían expresar: los dolores del emigrante, la pena del desarraigo, la tristeza de las ciudades tristes. Así nació el rai y así se convirtió Saida en Cheikha Rimitti. “Cheikha” como guiño, el mismo que hace llamar marquesa a la dueña de un prostíbulo, y que las nuevas generaciones de cantantes no se han atrevido a utilizar, quedándose en un discreto “chebba” (joven); “Rimitti” por “remettez”: rellenad, volvedme a llenar la copa de vino. Le cantaba al sexo, al alcohol, al tabaco, a los hombres guapos y las mujeres promiscuas, sin tapujos, sin hipocresías y sin metáforas.
Toda su vida está llena de revueltas: se peleó con los colonizadores franceses y posteriormente con el Frente de Liberación Nacional; se peleó con los integristas, se peleó con sus “herederos” musicales, a los que acusaba de robarle las canciones, se peleó con Robert Fripp de King Crimson y con Flea, de los Red Hot Chili Peppers cuando, a los 71 años, grabó con ellos el disco “Sidi Mansour”, un disco de ventas millonarias que la convirtió en estrella internacional pero del que renegó totalmente: dijesen lo que dijesen, vendiese lo que vendiese, a ella no le gustaba.
Como ser humano brindo por su música, por su simpatía, por su fuerza, su carisma; pero como mujer brindo por ella: para agradecerle la ferocidad, la mirada implacable, la coherencia, la sinceridad de los gestos, la fidelidad a sí misma, a su pasado y a su discurso: toda una referencia, un mito, para aquellas mujeres que no nacimos para ser princesitas, ni para ser niñas buenas. Una vez mas ¡viva Rimitti!
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Publicado en la revista Batonga! en junio de 2006.