
El 3 de febrero de 1975, cuatro millones de egipcios conmocionados se echaban a las calles acompañados por miles de personas que se habían desplazado hasta el Cairo y, en la distancia, por otros millones del mundo entero que lloraban con ellos. El ejército tomó las calles, se paralizaron las emisiones de radio y televisión, y se declararon varios días de luto oficial. No era el fin del mundo, pero sí el final de un mundo: había muerto Um Kulzum.
Dice Michael Goldman, director del magnífico documental “Oum Kelthoum, a voice like Egypt” que ella “tenía la musicalidad de Ella Fitzgerald, la presencia pública de Eleanor Roosevelt, y la audiencia de Elvis Presley”. Tenía y tiene: desde hace 75 años, Oum Kelthoum es la número uno indiscutible en el mundo árabe, la que sigue vendiendo más discos, la que se programa con más asiduidad en las radios, en las televisiones, la que más retratos tiene colgados en las paredes de los colmados, de los cafés, desde la medina de Casablanca hasta el Bagdad en llamas, pasando por Dakar, por Jartum, por Paris. En los pueblos de montaña, donde aún no alcanzan la televisión ni sus estrellas poperas, se escucha a Oum Kelthoum; en las grandes ciudades, las familias respetables la adoran como expresión clásica del refinamiento árabe, y los chicos malos del instituto la adoran por su cantar desgarrado, que acompaña tan bien las fumadas clandestinas de hachís. Ella es para todos y en todo momento. Um Kulzum es indiscutible.