#Eurovisión y Alim Qasimov: el concurso como metáfora del mundo
Llega Eurovisión y con ella mi semana de vapuleos. “¿Cómo puede ser? -me preguntan incansablemente los que me conocen a medias- que alguien como yo vea algo como eso?” Podríamos dedicar horas a descifrar ese como yo, pero no vale la pena. Tampoco lo vale tratar de entender por qué entre la intelectualidad mediana está peor visto ver Eurovisión que ver partidos de fútbol los domingos por la tarde. Lo importante es que ha llegado Eurovisión, la he visto, y la cosa da para algunos posts. El primero de ellos, sobre los coros.
Azerbaijan, anfitriona, ha presentado a concurso a una muñeca hinchable que durante las votaciones no podía sonreír ni cuando recibía 12 points. Es lo que tiene el bótox, y será el tema del segundo post. De momento nos quedamos con la canción, que lleva el alegórico título de “When de music dies”, (“Cuando muere la música). Y da para pensar, pues en los coros, apenas audibles, descubrimos al inconmensurable Alim Qasimov. En la final, televisiva, apenas insinuado en una penumbra que nos dejó ciegas de forzar la vista para reconocerlo. En el video oficial, ni eso. No aparece.
Alim Qasimov es uno de los grandes nombres de la música. ¿De la “world music”? No. De la música. Universal y atemporal. Nacido en el ámbito rural a pocos kilómetros de Baku en una familia sin relación ni intención musical alguna, Qasimov entiende la música como una forma de existencia. Como él mismo explica, “yo no tenía ningún otro talento (que la música), no podía verme haciendo ninguna otra cosa. Me enfrentaba a una dura realidad: ser cantante, o no… ser”. [1] Su obra se ha centrado en la recuperación del mugam, la apasionada música tradicional urbana prohibida durante la época soviética, desarrollada no sólo de Azerbaijan, sino de buena parte de Asia Central, emparentada (de cerca) con las tradiciones persas (iraníes) y atravesada conceptualmente de sufismo.
¿Por qué un genio de este calibre, endiosado dentro y fuera de Azerbaijan, se quedó en una sombra al fondo del escenario, detrás de una barbie de supermercado, hortera hasta lo indecible y absolutamente prescindible? Pues porque el mundo es así, y Eurovisión es solo su metáfora.
Por lo demás, en el infame tema de la cantante neumática suena un ¿balaban? que no dudo esté tocado por alguien fascinante cuyo nombre no logro encontrar. Con seguridad el locutor español de la ceremonia tenía esa información y otras muchas de interés, pero no las consideró necesarias. Fiel a la caspa que aún perdura en España, Íñigo ni se enteró de Qasimov, ni de balabanes ni de nada parecido. Sólo supo ver, y comentar, el largo de las faldas de eso que él llama “señoritas” y que hace décadas ya que en España llamamos bailarinas.
