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El verdadero aglutinante del mundo árabe no es la religión, como quieren hacernos creer los simplificadores, sino la tele.
Este aparato es un miembro más de cualquier familia árabe (el miembro, sin duda, más ruidoso) y las antenas parabólicas son más típicas del paisaje árabe actual que los alminares de las mezquitas. Es gracias a la televisión que los árabes tienen un idioma vivo común: la lengua árabe clásica, ese dinosaurio, apenas sirve para leer el Corán y escribir poesía, o discursos, con aires de grandeza, pero no para comunicarse. Nadie habla ya árabe clásico y, en realidad, muchos ni siquiera lo entienden bien, como se demuestra en las contínuas polémicas sobre los significados de las aleyas. Los dialectos regionales, despreciados por la oficialidad, ya se habrían convertido en idiomas diferentes si no fuese porque la televisión marca, sin quererlo, las pautas de evolución.
Es gracias a ella que todos los marroquíes hablan el dialecto egípcio y que todos los argelinos pueden burlarse a gusto de un almibarado acento libanés que, a pesar de todo, entienden. Por supuesto, el flujo nunca es a la inversa: el norte de África no produce material televisivo exportable al resto de países y, por tanto, el resto de árabes no entiende los dialectos norteafricanos. Es también gracias a los canales por satélite provenientes del golfo Pérsico u Oriente Medio que todas las árabes se visten, se peinan y se operan la nariz igual. La televisión recuerda al mundo árabe que tiene un universo cultural propio.
Su influencia, además, enorme en todas partes, es allí ilimitada. La miseria (exceptuando los países petroleros, la mayoría de la población del mundo árabe es pobre), el analfabetismo y la reticencia a vivir de puertas afuera hace que ni los libros, ni el cine, ni las reuniones en la plaza del pueblo puedan hacerle competencia.