16 de noviembre de 2013

Auditori del MACBA, Barcelona

Marina Garces, MACBA

Pornoburka. Un libro sobre la verdad
Marina Garcés

1.
Este es un libro sobre la verdad. Sobre la verdad en mayúsculas. No es la verdad de los científicos o de los que creen saberlo todo, no es la verdad de uno contra el error de los demás, sino la verdad contra la hipocresía y la impostura. La impostura de una ciudad de apariencia coloreada, diversa y feliz, Barcelona, desde su corazón más podrido, el Raval. La impostura de las identidades, sexuales y culturales, personales y colectivas. Y la impostura de unos sentimientos que nunca se atreven a llegar hasta la franqueza del afecto que se expone y se arriesga. La batalla desesperada de la verdad contra la impostura es lo que mueve el texto trepidante y delirante de Brigitte, como si sólo este frenesí delirante pudiera acercarnos, por un momento, a aquello que realmente somos.

No puedo evitar emparejar la novela de Brigitte con uno de mis libros preferidos, o al menos a uno de los que he vuelto más veces en los últimos años: El sobrino de Rameau, del apasionado, vitalista, humorista y, a pesar de todo, ilustrado Diderot. En este libro, de 1761, asistimos a la larguísima e inverosímil conversación entre un filósofo virtuoso y un bufón, entre uno que cree saber qué son el bien, lo bueno y lo bello, y otro que, desde la burla y la bajeza de vender su ingenio a los ricos, hace la exposición descarnada de la verdad, de lo que hay y de lo que somos. La verdad del primero es modélica e ideal. La del segundo es vil, baja, franca y fea. “Parecemos alegres. Pero en realidad estamos amargados y hambrientos. Ni siquiera los lobos son tan voraces; ni los tigres tan crueles. Comemos como lobos tras una larga temporada de nieve; todo lo que triunfa, lo desgarramos como tigres” (SR, p.76). Hablando de sí mismo, dice el bufón: “Rameau tiene que ser lo que es: un alegre bribón en medio de opulentos bribones; y no un virtuoso fanfarrón o incluso un hombre virtuoso, royendo su mendrugo de pan, solo, o junto a otros infelices. Y para acabar de una vez, os diré que no me gusta vuestra felicidad, ni la de otros visionarios como vos. (…) No me importa ser abyecto, pero quiero serlo sin que nadie me fuerce a ello. No me importa apearme de mi dignidad… ¿Os reís? / Yo: Sí, vuestra dignidad me da risa. / ÉL: Cada cual tiene la suya; no me importa olvidar la mía, pero a mi arbitrio y no porque otro me lo ordene”.

Ambos, el filósofo y el bufón, combaten la impostura de una sociedad hipócrita, pero uno se cree fuera, virtuoso y puro, y el otro sabe que sólo se puede estar dentro, en medio de la mierda, en el baile de los desheredados de la tierra. Por eso, entre ellos y sus verdades también se desencadena un combate. Sería tentador presentarnos, Brigitte y yo, como el bufón y la filósofa del Rameau de Diderot y reproducir la conversación de 1761 hoy , año 2013, en el flamante y confortable auditorio del MACBA. Ella, con sus personajes pringosos de sexo y de desesperación; yo, con las bellas palabras de quien se empeña en sacar brillo –bondad, belleza y verdad– en un mundo común. Incluso podríamos vender el bolo y seguro que nos iría muy bien. Pero sería demasiado fácil y ni siquiera Diderot, que era muy fino y muy listo, dejó a sus dos personajes en la comodidad de la distancia. Y al final de su conversación acabamos por no saber bien quién es quién, ni cuáles son los verdaderos perfiles de verdad, por decirlo con una redundancia maliciosa.

2.
He dicho que este es un libro sobre la verdad. Quizá debería decir un libro en busca de la verdad. ¿Y dónde la busca? Es pornográficamente evidente: en el sexo. Pero debería explicarse bien: en el sexo, tal y como lo presenta Brigitte, no se encuentra la verdad. En el sexo pasa la verdad. Y aquí que pasa significa que tiene lugar. Quiere decir que la verdad no es un contenido, una tesis, una representación de la vida, sino que es un acontecimiento, algo que nos pasa cuando dejamos de protegernos bajo el velo de la impostura. Y eso es lo que Brigitte pretende que puede pasar follando. Y eso es lo que yo no tengo tan claro. Pero Brigitte invoca al gran maestro del sexo y de la verdad, Foucault, y recoge sus palabras: “Es en el terreno del sexo donde hay que buscar las verdades más secretas y profundas del individuo; que es allí donde se descubre mejor lo que somos y lo que nos determina. (…) En el fondo del sexo, la verdad”. Esta verdad se analiza de numerosas maneras en la obra de Foucault, a través de las diferentes prácticas discursivas con las cuales nos decimos qué somos. Pero hay un escrito más poético, fruto de una conferencia radiofónica de 1966, que me gustaría leer porque lo dice de una manera que tal vez suena poco foucaultiana, pero que está cerca del texto de Brigitte:

“ (…) Mi cuerpo, de hecho, está siempre en otra parte, está ligado a todas las otras partes del mundo, y a decir verdad está en otra parte que en el mundo. (…) Tal vez habría que decir también que hacer el amor es sentir su cuerpo que se cierra sobre sí, es finalmente existir fuera de toda utopía, con toda su densidad, entre las manos del otro. Bajo los dedos del otro que te recorren, todas las partes invisibles de tu cuerpo se ponen a existir, contra los labios del otro los tuyos se vuelven sensibles, delante de sus ojos semicerrados tu cara adquiere una certidumbre, hay una mirada finalmente para ver tus párpados cerrados. También el amor, como el espejo y como la muerte, apacigua la utopía de tu cuerpo, la hace callar, la calma, y la encierra como en una caja, la clausura y la sella. Por eso es un pariente tan próximo de la ilusión del espejo y de la amenaza de la muerte; y si a pesar de esas dos figuras peligrosas que lo rodean a uno le gusta tanto hacer el amor es porque, en el amor, el cuerpo está aquí (…)” (El cuerpo utópico)
La certeza que calma y amaina la utopía de tu cuerpo, su no estar en ninguna parte o no tener un lugar propio. Dicho de otro modo, como lo expresa Foucault, en el amor, en el sexo, el cuerpo “está aquí”. Esto parecería indicar una plenitud, por fin, la presencia plena. Y esta es la tentación en la que Brigitte no nos deja caer. El sexo que atraviesa sin complejos todas las páginas de su libro siempre está desencajado. Es la palabra que me sale para describirlo. Siempre hay algo que no cuadra, algún hueco por rellenar, algún agujero abierto, algo que no funciona. No hay reposo. No hay lugar de llegada. Quizá por eso la novela sólo puede terminar en el MACBA, que es un no-lugar, un desencaje, un vacío en el corazón podrido de la ciudad.
¿Pero qué pasa en este desencaje? ¿Cuál es esta verdad que tiene lugar? La resumiré en tres palabras: la guerra (el libro, ya desde la segunda página, está repleto de expresiones sobre la guerra como la verdad de la vida social: “Es la guerra”) , la soledad (también está recorrido, el libro, de todas las formas de citar la soledad) y la mierda, la mierda que es la vida (“la vida en toda su mierdez”, como dice Brigitte). Es una verdad, por tanto, que duele, que da frío y que huele mal. Pero que también hace reír, y mucho. Como para Rameau, el bufón, para Brigitte, la “bufona ” (¿por qué “bufona” significa bonita, en catalán?), combatir la impostura no es contraponerle una verdad más bonita, o arreglarla, sino no tapar la vileza, la bajeza y la crueldad. Y eso es lo que hace Brigitte: ponernos un burka para destapar nuestras vergüenzas. Ponernos ante el escándalo de la otra sometida y “sumisa”, del otro sin rostro por efecto del poder, para descubrir nuestra propia esclavitud y nuestras propias miserias disfrazadas de paz, tolerancia, diversidad y consumo. Las vergüenzas, pues, de Barcelona, las de sus habitantes y las nuestras.
Pero al final, ni Brigitte se está de darle la vuelta a la tortilla y le quita esperanza a esta vida y a esta verdad de mierda y dice, casi al final: “Se pueden imponer lemas y doctrinas. Se pueden neutralizar todas las disidencias, desactivarlas, y se puede domesticar el barrio, el mundo, con hoteles de diseño y avenidas de cemento. Pero no se puede domesticar la vida. Se irá: después de esta batalla o de algunas más, el Raval quedará en silencio, se rendirá, convertido en un barrio cualquiera, normalizado, banal. Y ya nadie hablará de él. Pero la vida rebrotará en otro sitio. Los “barrios chinos” seguirán existiendo mientras existan cocodrilos nocturnos y mujeres feroces, marimachos y locazas indomables”. Incluso Brigitte busca una salida y el abrazo apasionado, el único en todo el libro, que reúne finalmente al chico y a la chica de la película ante el frío impávido del MACBA. ¿Ironía, Brigitte? ¿O necesidad de calor en el mar de mierda de lo que no tiene solución ?
3.
Brigitte y yo compartimos la pasión gamberra por la verdad, que nos hace reír juntas de casi todas las cosas. Pero lo cierto es que modulamos esta pasión de maneras diferentes. Desde la misma alergia contra la impostura y la hipocresía, yo soy más indulgente porque creo que las fronteras entre la verdad y la mentira son borrosas (que no relativas). Por eso le digo a Brigitte, en broma, que ella es una moralista y que quizás es ella quien acaba acercándose al filósofo virtuoso de Diderot. Yo me siento más cerca de la amoralidad de Nietzsche, cuando decía que la verdad son mentiras que han olvidado que lo son. O cuando aceptaba con ternura, él que lo machacaba todo a martillazos, la necesidad de mentirnos un poco para poder soportarnos, para poder amarnos, para poder disfrutar de las verdades más altas que son el amor y la amistad. También me sentiría cerca de aquellas potencias de lo falso que perseguía Deleuze o de las verdades hipotéticas y ficcionales con las que el mismo Diderot empujaba y distorsionaba el proyecto de las luces de la Ilustración. Tal vez por eso no me acabo de creer esto de la relación del sexo con la verdad, con la posibilidad de encontrar lo que somos… Hay momentos, sí, en los que “el cuerpo está aquí”: lo hemos vivido en las plazas, lo podemos vivir cuando nace un hijo o cuando una caricia cambia del todo el mundo que pisábamos un minuto antes. ¿Pero cuál es la presencia de los cuerpos?

Es curioso, y se puede seguir en los textos que hemos estado escribiendo en los mismos años una y otra: del cuerpo a mí me interesan los pliegos, el recogimiento, los lugares donde no se acaba de ver todo, donde alguna cosa queda escondida, la opacidad de aquello que no se expone completamente, aquello que la mano no puede ver porque lo tapa cuando acaricia la piel de otro. A Brigitte, está claro, le atraen los agujeros, lo que se puede abrir, penetrar, destripar. La verdad velada, la verdad inacabada, por mi parte; la verdad destripada, por parte de Brigitte.

He empezado diciendo que este es un libro sobre la verdad. He dicho después que era un libro en busca de la verdad. Y en todo momento he dicho que es un libro contra la impostura. Si este es un libro contra la impostura es, sobre todo, porque la vida de Brigitte también lo es. Ahora se ha hecho activista (del poliamor), pero eso es lo de menos. Es un pedazo de mujer enorme, un pedazo de carne que no engaña. Y yo le quiero dar las gracias porque me ha dejado acompañarla en este tramo de vida, en el proceso de escritura de este libro y en este momento de verdad en el que hemos podido pensar juntas. Gracias, princesa.