Del Chino al Raval

Cuando a la muerte de Franco volví a pasear por el entonces aún mal afamado Distrito Quinto tras bastantes años de ausencia, las cosas no habían cambiado mucho desde mis correría juveniles por Sant Pau y Robadors. Las prostitutas y su clientela eran idénticos, la miseria había disminuido en apariencia, pero quienes caminaban o merodeaban por calles y callejas respondían al modelo antiguo: catalanes y charnegos de primera, segunda o tercera generación, alguno que otro gitano y poco más. Habituado a la diversidad de culturas y etnias del Sentier parisiense y Manhattan, dicha uniformidad me decepcionó. No obstante, mi frustración no duró demasiado.
La Rambla del Raval, “un golpe de machete” asestado en medio del barrio, escribe la autora de PornoBurka, lo partió en dos, como un cortafuegos, para fragmentar y aislar a los distintos componentes sociales. Los recuperables del volem un barri digne y los marginados sin remedio. El plan urbanístico de saneamiento buscaba la normalización social, el paso de la vieja miseria a una zona pequeño burguesa sin chusma, pero con un elemento exótico, una pizca canalla, que imantara al turista.  A primera vista, la operación de lavado fue un éxito rápido: los restos del Chino descrito por Genet desaparecieron. Los escaparates con anuncios de gomas y lavajes de Arc del Teatre echaron el candado (uno es hoy una librería islámica). Pero, como en los barrios del París de Baudelaire, la vida volvió por sus fueros, y la plebe, venida de las cinco o cincuenta partes del mundo, se adueñó poco a poco del espacio aseado e impuso su ley: la de la fuerza que brota de las entrañas de la vida en creación y movimiento.
A partir del machetazo, escribe Brigitte Vasallo:
“El barrio quedó destripado y por el agujero que dejó su vientre se colaron las cimentadoras, que hicieron su agosto en la Rambla del Raval. Cemento por todos lados (…) La Rambla del Raval fue una opa hostil sobre la vida del barrio, un abordaje, un asalto a mano armada”
En efecto, cambió y continúa cambiando el diseño urbanístico, aunque como admite la autora, en el ex Distrito Quinto “sigue amaneciendo como cuando se llamaba Barrio Chino: meado y con resaca”. Con todo, el componente humano del mismo se sitúa a mil leguas del habitado antaño por nativos y charnegos. Ahora los “baluartes de la catalanidad” o cafés como el Pontevedra -del matrimonio gallego cuya hija es la protagonista de la novela- han cedido el paso a una tribalización ciudadana de pakis, marroquíes, hindúes, filipinos, gais, yonquis y guiris. ¡El exotismo en casa!
Ése es el contexto abigarrado y mutante en el que se desenvuelve la acción de PornoBurka. Sus personajes: Concepción-Conchi-Cookie-Lo, hija del Jacinto y la Remedios del clausurado bar Pontevedra; su amante, el supuesto bohemio argentino Buenaonda; la pareja gay de Paco (Pack ) y Jordi ( © Jor-dee); el grupo militante lésbico de Matilde, cuyas teorías llevan a Lo por caminos tan retorcidos (quiere sodomizar a Buenaonda) que ni ella misma se aclara; el joven vendedor de frutas paquistaní Lahore; el camello marroquí Rachid, tienen un denominador común: el sueño de ser distintos (o al menos aparentarlo) de lo que son. De ahí los sucesivos cambios de nombre de Lo; la argentinidad impostada de su amante; las ilusiones contrariadas de la pareja gay -que maldice la ley del matrimonio homo de Zapatero-, de poseer a toda costa a Lahore (© Jor-dee) y ascender a la fama al frente de su grupo musical Brigada Rosa (Pack)…
Pero veamos, aunque sea brevemente, la trama. El matrimonio gallego, inquieto por la deriva sexual de su hija desde que abandonó el barrio lleno de moros para  mudarse al carrer Trafalgar y hallarse de pronto asediado por chinos que, colmo de desdicha, hablan catalán, decide recurrir a los servicios de un detective para seguirle los pasos. A fin de hacerlo con discreción y procurarse una total invisibilidad, ¿qué mejor vestimenta que el burka? Impenetrable a las miradas, su burka azul recorrerá la Rambla del Raval sembrando a su paso altas dosis de sorpresa, inquietud, desaprobación, terror. ¡Ahora ya no se contentan con venir a robarnos el trabajo! ¡Quieren imponernos su indumentaria y traernos a Ben Laden!
El exotismo a la inversa del barrio, sus distintos discursos identitarios -nacionales, religiosos, gais, de discípulos/as de Beatriz Preciado– permite a la autora la composición de escenas tan divertidas como la de la minuciosa felación del plátano por Lahore en su tienda de frutas o la del Exámen de Integración Lingüística del muchacho por un equipo de TV3 acompañado de Guardias Civiles y Mossos d’Esquadra en el que el desdichado es forzado a pronunciar el nombre de Lluís Llach y no alcanza sino a balbucear Yuis Yac que me llenó de regocijo.

La idea de una marcha hacia el Macba, organizada por © Jor-dee y Pack, con su grupo musical, congregará allí a todos los personajes y grupos dispersos en una manifestación-contramanifestación en la que gais, lesbianas, transexuales, moros y pakis corearán sus contradictorias consignas. Una orgía de palabras con entonaciones distintas a falta de aquella en la que sueñan Lo, Pack y otros protagonistas de la incentiva y refrescante novela de Brigitte Vasallo.

Juan Goytisolo

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