POR UNA HISTORIA DECOLONIAL DE LA CHUSMA

 

A mí no me cura el olvido.

Y no es el recuerdo lo que me sana,

ése hurga en las heridas.

A mí me cura la memoria.”

Ana Burgos, en su muro de Facebook

Para hacer una lectura decolonial e interseccional de Witchcraft and the gay counterculture debemos primero arrancarnos los ojos y el cerebro, desenroscar el laberinto de intestinos que habita nuestras tripas, extraernos los genitales, extirparnos la mirada, el pensamiento, las ideas, las creencias, las certezas que llevamos adheridas y, con sumo cuidado y cariño, introducirlos en una bolsa de basura y tirarlos al primer contenedor de residuos disponible.

Volver a casa, respirar hondo, cagarnos en todo y en tod*s durante el rato que fuese necesario. Cagarnos en la desposesión del cuerpo y los placeres, cagarnos en el género y sus mandatos, cagarnos en la monogamia y sus mezquindades, cagarnos en las jerarquías, en la academia, en el estado, en la nación, en las banderas, cagarnos en el mercado y las leyes, cagarnos en los vínculos mercantilizados, en el sexo instrumentalizado, cagarnos en el trabajo asalariado.

Cagarnos en los héroes salvadores que nos trajeron, con sus gilipolleces visionarias, hasta aquí.

Y, una vez hecho esto, abrir el libro, y des-leer.

Des-leer la cronología. Emergencia rizomática de bolleras, maricas, travelos, marimachos y zorras 

Para leer una historia de la contracultura gay, lesbiana y trans que remonte a Sócrates, necesitamos recurrir a la enunciación estratégica que propone Spyvak y aferrarnos a ella con firmeza, desde un acercamiento a la narración que no sirva a la concepción lineal del tiempo, que no se rinda ante la amenaza de anacronismo, ante el rigoricismo del pensamiento aceptable, sino que arda ante la furia del deseo y la resistencia, del rechazar-y-crear hollowayano. Que, desde ahí, nombre a Sócrates como gay y a Juana de Arco como trans. Como si esas identidades y categorías fuesen reales, atemporales, universales. Nombrémonos y nombrémosles estratégicamente, siendo conscientes de que el lenguaje es un arma colonial pero recordando, también, que el lenguaje es nuestro único espacio de existencia.

No solo estamos ante una historia de la disidencia, sino ante una reconstrucción que nos explica en qué momento nuestros cuerpos, nuestros deseos, nuestras redes afectivas y nuestras vidas se volvieron abyectas. En qué momento desaparecimos y seguimos desapareciendo de la historia, del lenguaje, de las narraciones. Y por qué.

Estamos, pues, ante un qhip nayra aymara que hace emerger, ante las cuencas vacías de nuestros ojos, las ausencias de nuestras ancestras para darnos presente a través del pasado. Que marca en el tiempo el momento conceptual de un holocausto primigenio que arrasó Europa y se propagó por Abya Yala. Que señala las formas y los instrumentos a través de los cuales los ganadores de la batalla por el control de los cuerpos implantaron un nuevo mundo y crearon, a su vez, la disidencia. De aquellos fuegos nacimos bolleras, maricas, travelos, marimachos y zorras: las categorías políticas que hablan de nuestros cuerpos, nuestras sexualidades y nuestros vínculos, sí. Pero que especialmente dan cuenta de nuestras formas perversas e inapropiadas. Nuestro sujeto político es la disidencia misma.

Des-leer la historia única. De cómo los hombresblancos® nos jodieron (y joden) la vida

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie explica en un TedTalk titulado « Los peligros de la historia única » que durante su infancia en Nigeria leía libros infantiles anglosajones llenos de personajes rubios, con ojos azules, que jugaban en la nieve, comían manzanas y hablaban sobre lo agradables que eran los días de sol. Con 7 años, cuando ella misma empezó a escribir como un juego más, sus historias estaban llenas de esos mismos personajes a pesar de vivir en Nigeria, donde no tenían nieve ni manzanas sino mangos y mucho sol, razón por la que nadie, nunca, hablaba del tiempo pues no había mucho que decir.

Los libros, las narraciones, no solo dan cuenta de la realidad, sino que la construyen, nos construyen: nos reflejan y generan imágenes en las que reflejarnos y entendemos, nombrarnos, articularnos. Y a través de las cuales, también, desaparecemos. La histórica única aplasta la memoria y la reduce a un solo prisma: el prisma de los vencedores, no sólo de las batallas, sino de la epistemología. Los sujetos con derecho a memoria, con derecho a narrar y ser narrados en un mundo-competición, mundo-guerra, que solo sabe construirse por oposición binaria, que nos impide articularnos, relacionarnos más allá del sí o el no, el arriba o el abajo, el nosotr*s o el vosotr*s.  Dar cuenta de las realidades y experiencias subalternas no es negar las demás, sino debatirles la hegemonía para construir el caleidoscopio de la memoria que nos represente a tod*s.

Evans recupera, de entre las masacres de los templos de Isis y Diana, de entre la persecución de gnóstic*s y pagan*s, de las cenizas de las hogueras de la Inquisición, la multiplicidad de amores simultáneos, las prácticas orgiásticas de los aquelarres, el placer contigente de los cuerpos, los órganos transmutables, intercambiables, de sexualidades difusas, de placeres comunales y comunitarios, de carne que es presencia y no despojo. Recupera la memoria de formas de vida más allá de la forma que pasó a ser la única, la correcta, la legal, la posible: la subyugada, mermada y miserable sexo-afectividad hegemónica. Como escribe Evans, este libro es la narración de « cómo los hombres blancos heterosexuales lograron el control de nuestras vidas ».

Witchcraft and gay counterculture recupera los cuerpos abyectos que la historia hegemónica dejó enterrados en las cunetas y que el presente industrial se ha apropiado en una extraña pirueta de significado. Cuerpos que si alguna vez fueron desenterrados, han caído de nuevo aplastados bajo el peso de la purpurina de las carrozas del Pride, del ruido atronador los cruceros glamurosos, de los barrios glamurosos, de la música glamurosa, de la invisibilización por parte de lo gay de toda disidencia que no se materialice en hombres cis, blancos, de clase media y edad media, musculosos, guays y paqueteros. Los hombres blancos heterosexuales han logrado un precioso aliado en los hombres blancos gays. Esos que ya no son chusma porque nunca la fueron. Esos machos plumófobos que desprecian a las locazas. Esos que son tránsfobos, misóginos, machistas, clasistas, racistas, gordófobos. Esos que no admiten maricas en sus entornos, que invisibilizan a las bolleras en sus discursos, que nos niegan la prueba del sida en sus equipamientos y checkpoints. Esos que, en palabras de Evans, « son una multitud de conformistas imitadores de lo varonil, meticulosamente embutidos en tejanos. (…). El liberalismo gay ha animado a los hombres gays a imitar el comportamiento de los profesionales heteros que ansían ascender socialmente ».

Esos hombres gays que de tanto pedir perdón al amo por existir, se han convertido en eternos aspirantes a hombres hetero que follan con eternas pantomimas de hombres hetero.

La enunciación estratégica es una herramienta para resistir, para crear desde otros lugares. Si un término ha sido capturado, vaciado de sentido, o del sentido que nos ayuda a articularnos, desocupémoslo. Si un término se vuelve opresor, si nos invisibiliza, si nos impide crecer, relacionarnos, si nos quita la alegría, deshagámonos de él. Cuarenta años, 10.000 kilómetros y dos idiomas separan el “gay” que escribió Evans del “gay” que leo yo. El mío es una palabra capturada que no incluye a lesbianas, pero tampoco a bolleras, ni a travelos ni, por supuesto, a maricas. Que no incluye a viej*s, gord*s, coj*s. Los gays no son sudacas, ni moros, no están encerrados en los CIE’s sino dándolo todo en el after de moda. En los CIE’s encierran maricones, locazas, marimachos, travestis. Sócrates no iba de after, sino de CIE. El Sócrates que reivindica Evans es el que fue ejecutado por corromper a jóvenes en el año 399 AEC. Su Sócrates, como el mío, no era gay: era marica, como Juana de Arco no era gay, sino travelo y su novia, La Rousse, era una butch en toda regla, tabernera por más señas. Evans no traza una historia LGTBI capturada por el capitalismo rosa y las leyes de un igualitarismo desgraciadamente sedante. Lo que reivindica es una historia de la chusma, una narración histórica que nos dé pasado, que nos dé memoria y que nos permita recuperar, una y otra vez, nuestras identidades disidentes capturadas.

Des-leer el cientificismo. Por una historia decolonial de la magia

« Por mucho que necesitemos de la magia, en el fondo tememos a una vida

que pudiera desarrollarse por entero bajo el signo de la verdadera magia »

A. Artaud. El teatro y su doble

Evans reivindica una historia de chusma y una historia de la magia. Una historia mágica de la chusma. Pero la magia, del mismo modo que la disidencia sexo-afectiva, ha sido reducida a la simple prestidigitación: a conejos en chisteras y cartas trucadas. Sacar los cuerpos de nuestras ancestras de las cunetas incluye rescatarlas del epistemicidio que acompañó al genocidio de sus cuerpos. Es recuperar su conocimiento y darle validez presente, arrancarle a la ciencia el poder de pensar por nosotr*s, de decidir por nosotr*s de qué maneras sentimos o debemos sentir, silenciarle la omnipresente última palabra en todo, hacerla callar, ponerla en horizontal a dialogar con el resto de saberes, de experiencias, de emociones, de anhelos.

Recuperar la magia es recuperar el cuerpo, subyugado a un cerebro que hemos creído independiente, que hemos confundido con un disco duro. Poner lo tangible y lo intangible a dialogar de nuevo, los pensamientos, las intuiciones, las sensaciones y las conclusiones, las identidades y los fluidos. Recuperarnos como cuerpos deseantes, anhelantes, jadeantes, generosos, expansivos, cuidadores, babeantes, sudorosos. Recuperar el sexo a carcajadas, la vida a carcajadas, el amor a carcajadas; recuperar el llanto a borbotones, la existencia como convulsión, el devenir como espasmo, como emoción.

Ansiar la conmoción.

Ansiar la vida. Irradiar, exhalar vida.

Ansiar el ansia misma de la vida.

 

 

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Nota al pie: las madres y padres no citadas y directas de este texto son Silvia Rivera Cusicanqui, Boaventura de Sousa Santos, Ramón Grosfoguel y Silvia Federici, representando a much*s otr*s.

2 comentarios en “Por una historia decolonial de la chusma |Prólogo de Brujería y Contracultura gay

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